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Que la energía primaveral nos fortalezca

Por Jorge E. Lara de la Fraga.

ESPACIO CIUDADANO.

“Memoria selectiva para recordar lo bueno, prudencia lógica para no arruinar

el presente y optimismo desafiante para encarar el futuro”.

El ingreso de la primavera es buen pretexto para que cada quien se haga un autoanálisis, para que cada persona analice fríamente sus aciertos y sus tropezones. Lo que planeó y se quedó en buenas intenciones y aquello que pudo cristalizar a base de tesón, voluntad y esfuerzo. Sería pertinente que en estas fechas de optimismo también muchos de nosotros, con sustento en nuestra responsabilidad, nos atreviéramos a planificar nuestro devenir, a no dejar al azar nuestro destino y verdaderamente ser cada cual parte importante de su proyecto existencial. En medio de estas fechas que nos inundan de alegría y asimismo nos trasmiten nostalgia, considero necesario apuntar que muchos vamos caminando por la vida ambicionando poseer más, queriendo ser como el vecino potentado, como aquel que viaja por placer a lugares maravillosos o como ese individuo ubicado en buena posición política; pero poco nos fijamos en nuestras fortalezas propias, en nuestros tesoros personales, en lo que tenemos y somos. Volteamos a ver al poderoso pero no observamos al semejante en desgracia. Poseemos salud, estabilidad económica relativa, tranquilidad familiar, pero no estamos conformes y suponemos que la felicidad es dinero en demasía o ese poder de decisión para imponerse a los demás. Hay que asimilar que todo tiene sus riesgos y compromisos y que tanto el rico como el hombre público son esclavos de sus circunstancias, que en el afán de no perder el patrimonio o la jerarquía sufren, se estresan, se enferman y se enajenan.

            Creo que lo más importante es proceder con sentido positivo, vislumbrar con optimismo el futuro y poner todo el empeño posible para materializar nuestros sueños y quimeras. Antes de desear tener más y más, proponerse ser más pleno en lo humano, crecer en lo interno y proyectarnos hacia los ámbitos culturales, académicos y sociales. Aportar nuestro modesto esfuerzo para que el mundo sea más justo y bonancible para todos. Sería lógico, en ese orden de ideas, que cada uno de nosotros abracemos una legítima causa y emprendamos acciones para el logro trascendente de la misma. Hay mucho por hacer en cuanto a la contaminación ambiental, a la atención de los niños de la calle, a los ancianos desvalidos, a esa gente que demanda orientación para superar su problemática; también urge respaldo para esos inocentes que son encarcelados de manera injusta y para esas pobres mujeres golpeadas por su consorte. La cuestión es que ese entusiasmo y fervor solidario que aflora en estas fechas sea canalizado a lo largo de todo el año donde impera la mezquindad, el egoísmo y la oscuridad afectiva.

Por otra parte, considerar que la destrucción humana de la biodiversidad está creando las condiciones objetivas para que nuevos virus y nuevas enfermedades aparezcan. Si algo provechoso puede sobrevenir de la contingencia que nos abrumó a nivel mundial durante 2 años y que se resiste a desaparecer, ello sería que los gobernantes y los gobernados, los magnates y los desposeídos, todos los humanos, nos condujéramos con racionalidad en el entorno ecológico y que nuestras actividades ya no perturben más la armonía de ese polifacético, multidiverso escenario natural que nos engloba y del cual sólo somos una pequeña parte. En consonancia con lo expuesto, un comentarista indica: “La vuelta a la normalidad exige, junto con el combate al Covid-19, acabar con el modelo económico depredador que lo causó…” Hasta el pontífice Francisco en su encíclica “Laudato si” (2015), proyecta su aleccionador mensaje: “… el libro de la naturaleza es uno e indivisible, incluye el ambiente, la vida, la sexualidad, la familia, las relaciones sociales… el ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable… El hombre es espíritu y voluntad, pero también es naturaleza…” Así que es labor cardinal cuidar “la casa que todos habitamos”, preservar nuestra residencia común, defender nuestro planeta Tierra.

En lo personal como un ciudadano más y como un habitante terráqueo preocupado y molesto por las depredaciones ambientales, me comprometo -en la medida de mis capacidades actuales- a aportar mis esfuerzos, mi voluntad e imaginación, así como mi persistencia y vigor, para mejorar las condiciones de vida en nuestro país y procurar un uso inteligente y sustentable de los recursos de la naturaleza, pues procederé acorde con un pensamiento del año nuevo que dice: “Que nunca te falte un sueño por el que luchar, un proyecto que realizar, algo que aprender, un lugar a donde ir y alguien a quien querer…” A mis 80 abriles me echo a cuestas los siguientes retos: Ser tolerante hasta con los intolerantes; conocer y escuchar a personas singulares que me pueden guiar; proceder con ponderación y nobleza, dejando de lado la soberbia; asimilar mis limitaciones y agradecer el respaldo de mis semejantes; reflexionar sobre mis errores y omisiones; apoyar y orientar a las personas que lo necesiten; actuar razonadamente, procurando que los sentimientos o las pasiones no perturben mi objetividad y equilibrio; entender al ser tradicionalista que se aferra al pasado y que se opone a las transformaciones; recordar que nunca se es demasiado viejo para ir en pos de una nueva meta o de un renovado sueño; ser solidario y fraterno, arrojando al cesto de los desperdicios el individualismo y la prepotencia; ser agradecido en todo momento y asimilar que todos nos necesitamos y que cualquier individuo es importante y puede adicionar sus respectivas fortalezas.

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Atentamente

Profr. Jorge E. Lara de la Fraga