Las siete grandes deudas de la educación mexicana

Expresión Ciudadana


Recientemente leí el libro Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, del filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, una obra que invita a reflexionar profundamente sobre el verdadero sentido de la educación. Sus planteamientos resultan particularmente relevantes para comprender los problemas que enfrenta actualmente nuestro sistema educativo. 

A partir de sus siete principios, considero necesario analizar qué estamos enseñando, cómo lo estamos haciendo y, sobre todo, qué están aprendiendo realmente nuestros estudiantes. 

Porque una cosa es transmitir información y otra muy distinta formar seres humanos capaces de comprender, razonar, cuestionar y transformar su realidad.

La educación mexicana enfrenta una crisis que no puede explicarse únicamente por la falta de recursos, los problemas de infraestructura o las deficiencias de los programas escolares. 

Su problema es mucho más profundo: durante décadas hemos confundido transmitir información con formar seres humanos capaces de comprender, pensar, cuestionar y transformar su realidad. 

El sistema educativo continúa privilegiando el cumplimiento de programas, las calificaciones y la acreditación de grados, mientras persisten enormes dificultades para desarrollar las capacidades intelectuales, humanas y sociales que exige el mundo actual.

La primera gran deuda es enseñar a reconocer los errores del conocimiento. Ningún aprendizaje está libre de equivocaciones, prejuicios o interpretaciones falsas. 

Sin embargo, nuestras escuelas no siempre enseñan a cuestionar lo que se presenta como verdadero. 

El estudiante debe aprender a investigar, contrastar información, reconocer sus errores y construir conclusiones sustentadas. 

La gravedad del problema se refleja en los resultados de PISA 2022, la última evaluación internacional de este programa con resultados publicados: solamente el 34% de los estudiantes mexicanos de 15 años alcanzó el nivel básico de competencia en matemáticas, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Una educación que no desarrolla capacidades para analizar y comprobar conocimientos deja a los jóvenes expuestos a la manipulación, la desinformación y el pensamiento superficial.

La segunda deuda es enseñar conocimientos que realmente sirvan para comprender la realidad. La fragmentación de las materias impide frecuentemente que los alumnos relacionen lo aprendido con los problemas de su comunidad, su estado y su país. Matemáticas, ciencias, historia, lenguaje y tecnología no deberían enseñarse como conocimientos aislados. 

La escuela tendría que formar estudiantes capaces de relacionar causas y consecuencias, investigar y resolver problemas concretos. En Veracruz, el propio Plan Veracruzano de Desarrollo 2025-2030 reconoce deficiencias en infraestructura, calidad educativa, conectividad y cobertura. 

El desafío no consiste solamente en modificar contenidos, sino en transformar la manera de enseñar.

En este punto resulta indispensable hablar del aprendizaje significativo, uno de los principios pedagógicos que deberían orientar cualquier transformación educativa. 

Aprender significativamente significa que el alumno no se limite a memorizar información para aprobar un examen, sino que sea capaz de relacionar los nuevos conocimientos con lo que ya sabe, comprender su utilidad y aplicarlos en situaciones reales. 

Este enfoque, desarrollado por el psicólogo educativo David Ausubel, reconoce que los conocimientos previos del estudiante son fundamentales para construir nuevos aprendizajes. 

No basta con escuchar una explicación o copiar conceptos del pizarrón; el verdadero aprendizaje ocurre cuando la información adquiere sentido y puede integrarse a la estructura de conocimientos del alumno.

Sin embargo, conseguir ese aprendizaje exige una transformación de las prácticas docentes. El profesor necesita conocer lo que sus alumnos saben, identificar sus dificultades, diseñar actividades pertinentes y utilizar estrategias que despierten la curiosidad, la reflexión y la participación. La comprensión lectora, el razonamiento matemático, la experimentación científica y la resolución de problemas deben relacionarse con experiencias cercanas a la vida cotidiana. Un estudiante que memoriza una fórmula puede olvidarla después del examen; quien comprende su significado y aprende a utilizarla dispone de una herramienta para resolver problemas. Esa diferencia debería ser uno de los principales indicadores de la calidad educativa.

El problema es que no puede exigirse aprendizaje significativo sin proporcionar condiciones adecuadas para enseñar. 

Los maestros necesitan formación pedagógica permanente, materiales didácticos, acompañamiento profesional, tiempo para planear y herramientas para identificar dificultades individuales. 

En Veracruz, donde conviven escuelas urbanas, rurales, indígenas y multigrado, las necesidades educativas son profundamente distintas. Pretender que todos aprendan de la misma manera, con los mismos recursos y bajo las mismas condiciones, significa desconocer la realidad del estado. 

La Secretaría de Educación de Veracruz debería colocar la actualización docente y la recuperación de aprendizajes en el centro de sus prioridades, en lugar de limitar la discusión educativa a cuestiones administrativas.

La tercera deuda es enseñar a comprender la condición humana. Educar también significa reconocer las diferencias individuales, las emociones, las capacidades, las limitaciones y las circunstancias sociales de cada estudiante. 

No aprende igual un niño que vive en una comunidad rural que otro con acceso permanente a internet, libros y acompañamiento familiar. 

Tampoco puede enseñarse de la misma manera a quienes enfrentan dificultades de aprendizaje, discapacidad, pobreza o barreras lingüísticas. 

En su comparecencia de noviembre de 2025, la Secretaría de Educación de Veracruz reconoció que alrededor de 200 mil estudiantes eran indígenas y aproximadamente 23 mil presentaban alguna discapacidad o trastorno del desarrollo. 

Estas cifras obligan a preguntarnos si los docentes cuentan con la preparación especializada y los recursos suficientes para atender semejante diversidad.

La cuarta deuda es enseñar nuestra responsabilidad con el planeta. La educación ambiental no puede limitarse a conmemorar fechas, elaborar carteles o repetir discursos sobre la conservación de la naturaleza. Los estudiantes deben comprender las consecuencias del cambio climático, la contaminación, la destrucción de ecosistemas y el uso irresponsable de los recursos naturales. En Veracruz, las inundaciones, los daños ambientales y los problemas de manejo de residuos ofrecen oportunidades concretas para vincular los conocimientos científicos con la realidad. Se requiere una enseñanza que desarrolle conciencia ecológica, pero también capacidades para prevenir riesgos, investigar sus causas y proponer soluciones. 

No basta hablar de sostenibilidad mientras la escuela permanece desconectada de los problemas ambientales de su propia comunidad.

La quinta deuda es preparar a los estudiantes para enfrentar la incertidumbre. El mundo cambia a una velocidad que los programas escolares difícilmente consiguen seguir. 

La inteligencia artificial, la automatización, las transformaciones laborales, los cambios tecnológicos y las crisis económicas exigen capacidad de adaptación, creatividad y pensamiento independiente. Sin embargo, una enseñanza centrada en repetir respuestas conocidas difícilmente prepara para resolver problemas desconocidos. Aquí resulta indispensable revisar la formación y actualización del magisterio. Los profesores necesitan capacitación permanente en nuevas metodologías, herramientas digitales, investigación, resolución de problemas y estrategias pedagógicas. 

La tecnología por sí sola no mejora la enseñanza; necesita docentes capaces de utilizarla con sentido educativo.

La sexta deuda es enseñar a comprender a los demás. Una sociedad marcada por la violencia, la discriminación, la intolerancia y la polarización necesita una escuela que enseñe a escuchar, dialogar y respetar las diferencias. La comprensión humana no consiste únicamente en transmitir valores mediante discursos, sino en desarrollar empatía, comunicación y capacidad para resolver conflictos. Esto exige atender el acoso escolar, la exclusión, los problemas de convivencia y las dificultades emocionales que afectan el aprendizaje. También obliga a fortalecer la relación entre escuela, familia y comunidad. 

No podemos exigir convivencia respetuosa cuando el propio sistema carece de personal especializado, mecanismos oportunos de atención o acompañamiento suficiente para estudiantes y profesores.

La séptima deuda es formar una conciencia ética y una responsabilidad colectiva. La educación debe preparar ciudadanos capaces de reconocer que sus decisiones afectan a otras personas y que los problemas sociales requieren cooperación. La ética no puede reducirse a memorizar valores o cumplir reglamentos. 

Debe traducirse en honestidad, responsabilidad, solidaridad, respeto a los derechos humanos y participación informada. Un estudiante necesita aprender que el conocimiento implica obligaciones con la sociedad. Sin esa formación, podemos producir personas con certificados y títulos, pero sin la capacidad de comprender las consecuencias humanas de sus decisiones.

Estas siete deficiencias adquieren mayor gravedad cuando se confrontan con la realidad educativa de Veracruz. 

Las estadísticas de la Secretaría de Educación Pública para el ciclo 2024-2025 registraron en la entidad 1 millón 895 mil 179 estudiantes, 139 mil 419 docentes y 23 mil 367 escuelas. Por su parte, el Plan Veracruzano de Desarrollo 2025-2030 reconoce que en 2024 el 37.4% de la población veracruzana se encontraba en rezago educativo, frente al 27.3% nacional. El analfabetismo se estimaba en 7.6%, casi el doble del promedio nacional de 4.1%. 

Son indicadores que muestran la magnitud de los desafíos y la necesidad de políticas que vayan más allá de ampliar la matrícula.

La responsabilidad no puede trasladarse exclusivamente a los maestros. Son ellos quienes enfrentan diariamente las consecuencias de las decisiones educativas, las desigualdades sociales y los problemas de aprendizaje. Corresponde a las autoridades garantizar formación continua, materiales pertinentes, infraestructura, acompañamiento pedagógico y evaluaciones que permitan identificar las deficiencias. 

Tampoco basta con presentar nuevos modelos educativos si no existen mecanismos claros para comprobar sus resultados.

La educación mexicana necesita recuperar su propósito fundamental: desarrollar la inteligencia, la comprensión, el pensamiento crítico, la sensibilidad humana y la responsabilidad social. 

Para lograrlo hacen falta políticas de largo plazo, investigación educativa, capacitación docente efectiva, atención a la diversidad y una transformación profunda de los métodos de enseñanza.

El verdadero problema no es solamente que millones de estudiantes puedan terminar la escuela sin dominar conocimientos esenciales. 

Es que también pueden concluir su formación sin haber aprendido a cuestionar, comprender a los demás, enfrentar la incertidumbre o asumir responsabilidades frente a la sociedad.

Y ésa es una deuda mucho más grave que cualquier estadística de reprobación o abandono escolar.

Porque un sistema educativo que enseña a repetir, pero no a comprender; que certifica, pero no necesariamente forma; y que presume resultados sin examinar suficientemente lo aprendido, tiene pendiente lo más importante: enseñar a sus estudiantes a pensar y a vivir responsablemente.

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