PIENSO, LUEGO ESCRIBO
Saliendo muy temprano de Tláhuac, el tráfico denso y los automotores a vuelta de ruedas. Iba en un taxi controlado, el servicio que se solicita con una App. El día anticipaba un viacrucis. Estudios con procedimientos invasivos y dolorosos. Nada que no hubiera pasado antes, pero la distancia fue grande esta vez, con más años encima, el nerviosismo y la tensión me atraparon inevitablemente.
Llego a Tlalpan, el taxi nos deja enfrente de la puerta de acceso al hospital. Me dirijo al módulo de registro, muestro el itinerario de citas y dicen, ¡vaya directo al área de hospitalización!. Después de recorrer unos pasillos y dar cuenta de la remodelación del nosocomio, llego al lugar indicado.
Un lunes cargado de pacientes en una sala grande. Todos con familiares, que están en caso de algún incidente y necesidad. Acompañado por mi hijo, alcanzo a ubicarme en un asiento. Luego de bastantes minutos, escucho mi nombre, una enfermera me recibe y se inicia el ritual. En los vestidores, ¡encuérese y póngase esa ropa!. Después nos conduce a varios a otro lugar. Otra sala, la enfermera Heydi se presenta, pregunta mi nombre y muestra una camilla. Me acomodo y ya acostado veo canalizados a unos ocho pacientes, siete son mujeres.
Estamos ahí por diferentes procedimientos, observo y escucho, el grupo está en el rango de los sesenta a setenta y cinco años. La causa o motivo es distinto, el objetivo, la exploración o revisión. Buena parte, con sospecha o diagnóstico de cáncer.
La noción del tiempo se pierde, el miedo no, fueron algunas horas de espera antes de pasar a la sala de procedimientos. La novedad, con respecto a la experiencia anterior de hace muchos años, es la sedación. Antes de la ejecución por el especialista, un anestesiólogo entra en acción y con sutileza explica cómo será el efecto del sedante. No termine de oír el final.
No supe cuánto tiempo pasó, treinta minutos, una hora o más. Despierto y por reflejo, con mis manos toco las partes del cuerpo que fueron vulneradas. Me dio calma no sentir dolor y todo estaba en su lugar, como cuando ingrese a la pequeña sala. Me incorporo y el ánimo aumenta, tenía dominio del tiempo y el espacio. No sentía cansancio o mareo.
En eso, entra Verónica, la amable enfermera y pregunta ¿Cómo se siente? Bien, contesté. ¿Seguro? Si dije enseguida. Entonces ya vamos a dejarlo ir a su casa. Me levanto y quedo sentado en la cama, con gentileza acerca mis tenis y las batas que dieron a la entrada. Arropado, me encamino por los pasillos sin asistencia, para llegar a la sala donde esperaba mi hijo. En el trayecto solté un Gracias Dios. Recordé los lamentos y sufrimiento de los otros pacientes que vi cuando despertaban en la sala de recuperación.
No cabe duda, Dios otorga privilegios. Hay una misión inacabada, vendrán otras batallas. Los tiempos de Dios son perfectos y la fe tiene grandes recompensas. Hasta la próxima.
Agosto 5 de 2025
*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.
*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.


