Expresión Ciudadana
En la entrega anterior analizábamos cómo la inteligencia artificial no llegó para sustituir únicamente a las personas, sino para exhibir las enormes debilidades de los países que durante años descuidaron la educación, la ciencia, la innovación y el desarrollo tecnológico. México apareció en ese diagnóstico como una nación que sigue reaccionando a los cambios cuando otras economías llevan años preparándose para ellos.
El problema, sin embargo, no termina en las aulas, los laboratorios o las universidades. Sus efectos ya comenzaron a sentirse en el bolsillo de millones de trabajadores.
La transformación tecnológica está modificando la manera de producir, contratar y competir a una velocidad sin precedentes. Mientras las economías más desarrolladas preparan a su fuerza laboral para convivir con la automatización y la inteligencia artificial, en México seguimos celebrando cifras de empleo sin preguntarnos qué tan sólidos serán esos puestos dentro de cinco o diez años.
La discusión ya no debería limitarse a cuántos mexicanos tienen trabajo, sino a cuántos poseen las habilidades necesarias para conservarlo en un mercado cada vez más competitivo.
Es ahí donde aparece la gran contradicción de nuestro país. El gobierno presume una de las tasas de desempleo más bajas de los últimos años y presenta esas cifras como prueba del éxito económico. Sin embargo, detrás de esos indicadores se esconde una realidad mucho más compleja: millones de trabajadores sobreviven en la informalidad, con bajos salarios, escasas oportunidades de capacitación y realizando actividades que, en muchos casos, podrían ser automatizadas en un futuro cercano.
Tener empleo dejó de ser sinónimo de estabilidad; hoy, en demasiados casos, apenas representa una forma de subsistencia.
La inteligencia artificial no creó esta crisis laboral; simplemente aceleró un problema que México llevaba décadas ignorando. Durante años se apostó por un modelo económico sustentado en mano de obra barata, baja productividad y escasa inversión en innovación.
Mientras otros países fortalecían sus sistemas educativos y preparaban a sus ciudadanos para los empleos del futuro, aquí seguimos formando profesionistas para un mercado laboral que poco a poco está dejando de existir.
Esa es la verdadera discusión que hoy debemos enfrentar.
Ya no sólo reemplazan actividades manuales o repetitivas; ahora redactan documentos, analizan información financiera, generan diseños, procesan grandes bases de datos, elaboran diagnósticos médicos preliminares, traducen textos y realizan tareas administrativas que hace apenas unos años parecían exclusivas del ser humano.
La tecnología no está preguntando si estamos preparados para el cambio; simplemente está avanzando. Quienes logren adaptarse tendrán mayores oportunidades.
Quienes decidan quedarse inmóviles dependerán cada vez más de un mercado que premia la innovación y castiga la rutina.
Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple competencia entre trabajadores y máquinas sería un grave error.
El verdadero problema es que México nunca preparó a su población para enfrentar esta transformación.
Durante años el país apostó por un modelo basado en mano de obra barata, baja productividad y escasa innovación.
Mientras otras economías invertían en ciencia, desarrollo tecnológico y capacitación permanente, aquí seguimos creyendo que un título universitario obtenido hace veinte años bastaba para garantizar un futuro profesional.
Hoy esa realidad nos está alcanzando.
Lo más preocupante es que el discurso oficial insiste en presumir un panorama que dista mucho de la realidad. Cada mes se celebra que México mantiene una de las tasas de desempleo más bajas entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, en mayo de 2026 la tasa de desocupación fue de apenas 2.8 por ciento, una cifra que el gobierno utiliza como prueba del supuesto éxito de su política económica.
Pero las estadísticas, cuando se leen completas y no únicamente los encabezados, cuentan una historia completamente distinta.
La misma ENOE revela que 33.4 millones de mexicanos, equivalentes al 55.2 por ciento de toda la población ocupada, trabajan en condiciones de informalidad laboral.
Más de la mitad de quienes tienen empleo carecen de estabilidad, seguridad social o posibilidades reales de construir un patrimonio.
Además, casi cuatro de cada diez trabajadores se encuentran en condiciones críticas de ocupación, es decir, laboran jornadas excesivas o reciben ingresos insuficientes para satisfacer sus necesidades básicas. Tener empleo ya no significa vivir mejor; muchas veces significa simplemente sobrevivir.
Esta es la gran falacia de los discursos oficiales. Se presume la cantidad de empleos, pero nunca se habla de su calidad.
Se celebran los nuevos registros ante el IMSS, pero se guarda silencio sobre millones de trabajadores que permanecen atrapados en la informalidad.
Se presume crecimiento laboral, pero no se explica por qué tantos profesionistas deben aceptar empleos muy por debajo de su preparación o combinar dos o tres actividades para completar el ingreso familiar.
Las cifras sirven para construir propaganda, pero difícilmente reflejan la realidad que viven millones de mexicanos todos los días.
En Veracruz el panorama resulta todavía más preocupante. Según datos del INEGI correspondientes al primer trimestre de 2026, alrededor del 68.9 por ciento de los trabajadores veracruzanos se encuentra en alguna modalidad de informalidad laboral, una de las proporciones más altas del país. Además, 44.4 por ciento enfrenta condiciones críticas de ocupación y más de 216 mil personas permanecen subocupadas, es decir, necesitan trabajar más horas porque el empleo que tienen no les permite obtener ingresos suficientes.
Mientras tanto, el Gobierno del Estado destaca el crecimiento de empleos registrados ante el IMSS como si ese dato fuera suficiente para afirmar que Veracruz atraviesa uno de sus mejores momentos económicos.
La contradicción resulta evidente. ¿De qué sirve presumir nuevos empleos formales cuando prácticamente siete de cada diez trabajadores continúan en la informalidad? ¿Cómo puede hablarse de desarrollo económico cuando miles de jóvenes terminan aceptando empleos mal pagados, emigrando a otras entidades o incorporándose al comercio informal porque simplemente no existen oportunidades acordes con su preparación?
La realidad demuestra que el problema no consiste únicamente en generar empleos, sino en generar empleos productivos, bien remunerados y preparados para competir en una economía cada vez más tecnológica. Gran parte de esta responsabilidad recae también en el sistema educativo. Durante años las universidades mexicanas siguieron formando profesionistas bajo planes de estudio que avanzan mucho más lento que la economía. Mientras el mercado demanda especialistas en inteligencia artificial, análisis de datos, automatización, programación, ciberseguridad o energías limpias, muchas instituciones continúan enseñando contenidos que apenas han cambiado en la última década.
El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) ha advertido que las carreras tradicionales siguen concentrando la mayor matrícula universitaria, mientras las áreas científicas y tecnológicas continúan siendo insuficientes para responder a las nuevas necesidades productivas del país. No se trata de desaparecer profesiones históricas como Derecho, Administración o Contaduría.
Se trata de entender que ninguna carrera puede seguir enseñándose igual que hace veinte años. Hoy un abogado necesita comprender herramientas de inteligencia artificial; un contador debe dominar análisis de datos; un comunicador tiene que aprender automatización, marketing digital y generación de contenidos con nuevas tecnologías. El conocimiento dejó de ser permanente. Hoy cualquier profesión exige actualizarse constantemente porque el mercado cambia más rápido que los planes de estudio universitarios. Pero tampoco toda la responsabilidad corresponde a las instituciones educativas. Durante décadas muchas empresas mexicanas encontraron más rentable contratar mano de obra barata que invertir en innovación.
Mientras un trabajador pudiera repetir el mismo procedimiento durante años, parecía suficiente.
Ahora que un software realiza esas tareas en segundos, culpan al empleado por no haberse preparado. Resulta profundamente contradictorio exigir trabajadores altamente especializados cuando durante años se les ofrecieron salarios bajos, escasas oportunidades de capacitación y prácticamente nulas posibilidades de crecimiento profesional.
En Veracruz esta situación se agrava por la estructura económica del propio estado.
Buena parte de la actividad productiva continúa dependiendo del comercio tradicional, pequeños negocios, servicios básicos y actividades agropecuarias. Aunque estos sectores son fundamentales para la economía estatal, difícilmente podrán sostener por sí solos el crecimiento que demanda una economía basada en el conocimiento. Mientras otras entidades atraen inversiones relacionadas con tecnología, innovación, manufactura avanzada o servicios digitales, Veracruz sigue enfrentando enormes dificultades para diversificar su aparato productivo y generar empleos altamente especializados.
La consecuencia comienza a observarse entre las nuevas generaciones. Cada año miles de jóvenes concluyen sus estudios universitarios convencidos de que encontrarán mejores oportunidades laborales que las de sus padres.
Poco tiempo después descubren un mercado saturado, salarios reducidos y empresas que solicitan experiencia para puestos de nivel inicial.
Muchos terminan trabajando en actividades distintas a su profesión; otros migran hacia estados del norte del país o al extranjero, y algunos más optan por incorporarse al comercio informal porque representa la única alternativa inmediata para obtener ingresos.
Paradójicamente, mientras el mundo discute cómo aprovechar la inteligencia artificial para aumentar la productividad, en México seguimos debatiendo cómo generar empleos básicos.
Esa diferencia explica buena parte del rezago económico nacional. Los países más desarrollados no sólo buscan que su población tenga trabajo; buscan que ese trabajo genere conocimiento, innovación, competitividad y mejores salarios.
Aquí seguimos midiendo el éxito únicamente por la cantidad de personas ocupadas, aunque millones de ellas permanezcan atrapadas en empleos precarios.
La inteligencia artificial no será el enemigo de quien aprenda a utilizarla; será el enemigo de quienes insistan en competir únicamente con tareas repetitivas.
Las empresas seguirán necesitando personas capaces de tomar decisiones, resolver problemas complejos, innovar, negociar, liderar equipos y comprender el contexto social.
Lo que desaparecerá serán muchas actividades mecánicas que durante años se confundieron con experiencia laboral.
La diferencia entre mantenerse vigente o quedar rezagado dependerá, cada vez más, de la capacidad para aprender continuamente.
Sin embargo, tampoco sería justo responsabilizar únicamente al trabajador. Pedirle que se actualice permanentemente mientras enfrenta bajos salarios, largas jornadas laborales y escasas oportunidades de capacitación resulta, cuando menos, una muestra de cinismo institucional.
La reconversión laboral también debe impulsarse desde el Estado mediante políticas públicas que vinculen educación, innovación, ciencia, desarrollo tecnológico y crecimiento económico.
De lo contrario, millones de personas competirán en el mercado del siglo XXI utilizando herramientas del siglo pasado.
México necesita abandonar la obsesión por presumir cifras de empleo y comenzar a discutir la calidad de esos empleos. Necesita dejar de celebrar la baja desocupación mientras más de la mitad de los trabajadores permanece en la informalidad. También requiere reconocer que estados como Veracruz enfrentan desafíos mucho mayores, donde la precariedad laboral, la baja productividad y la falta de inversión tecnológica limitan seriamente las posibilidades de desarrollo económico.
La revolución tecnológica ya comenzó y no esperará a que los gobiernos reaccionen. Mientras otros países preparan a sus ciudadanos para convivir con la inteligencia artificial, aquí seguimos formando profesionistas para un mercado laboral que poco a poco deja de existir. La mayor amenaza no son las máquinas.
La mayor amenaza es un sistema educativo que sigue mirando al pasado, un modelo económico que continúa apostando por salarios bajos y gobiernos que utilizan las estadísticas como propaganda mientras millones de trabajadores sobreviven en condiciones de precariedad.
Porque el verdadero reto ya no consiste únicamente en conseguir empleo. El verdadero reto será conservar un trabajo que siga siendo valioso dentro de cinco o diez años. Y para lograrlo no bastará con exigir que los trabajadores cambien. Tendrán que cambiar también las universidades, las empresas y, sobre todo, los gobiernos. De lo contrario, seguiremos presumiendo cifras de ocupación mientras el futuro laboral de México y de Veracruz se vuelve cada vez más incierto.


