Expresión Ciudadana
El cash, como se refieren al efectivo en nuestro país, sigue mandando, aunque el país presuma cada vez más herramientas digitales. México se moderniza con una curiosa contradicción: tenemos aplicaciones bancarias, transferencias en segundos, códigos QR, tarjetas sin contacto, SPEI, CoDi, DiMo y teléfonos capaces de funcionar prácticamente como una cartera. Pero cuando llega la hora de pagar el desayuno, el taxi, el mercado, la tiendita, el puesto de comida o cualquier compra cotidiana, aparece el viejo conocido: el billete. Porque por más que avance la tecnología financiera, en buena parte de la economía mexicana el cash sigue siendo el rey.
A los mexicanos nos sigue gustando el efectivo. Y no es solamente una percepción. La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2024, elaborada por el INEGI y la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), encontró que 85.2% de la población de 18 a 70 años utiliza principalmente efectivo para compras de 500 pesos o menos.
Incluso cuando la compra supera los 500 pesos, el efectivo continúa dominando con 73.5%. Es cierto que ha retrocedido respecto de 2021, cuando los porcentajes eran 90.1 y 78.7%, respectivamente, pero la caída resulta demasiado lenta para un país que lleva años hablando de inclusión y transformación financiera.
Aquí comienza la paradoja. México nunca había tenido tanta población dentro del sistema financiero. En 2024, 76.5% de las personas de entre 18 y 70 años tenía al menos un producto financiero formal, mientras que la tenencia de cuentas alcanzó 63%.
Es decir, millones de mexicanos ya tienen cuenta, tarjeta y, muchas veces, una aplicación bancaria instalada en el teléfono. Sin embargo, una cosa es estar bancarizado y otra completamente distinta utilizar cotidianamente el sistema financiero.
Para una parte de la población, la cuenta bancaria sigue funcionando casi como una estación de paso: entra el salario, la pensión o el apoyo gubernamental y después viene el retiro. La propia ENIF muestra algo revelador: 46.5% de las primeras cuentas fueron abiertas para recibir una nómina y 12% para recibir apoyos gubernamentales.
El cajero automático fue utilizado por 79.2% de la población con cuenta durante el último año. Bancarizar, por tanto, no puede reducirse a entregar una tarjeta o contabilizar una cuenta abierta.
La verdadera inclusión comienza cuando esa cuenta sirve para pagar, ahorrar, transferir, obtener financiamiento y participar de manera permanente en la economía formal.
Y en ese terreno las políticas públicas todavía tienen mucho que demostrar. El caso de CoDi resulta especialmente ilustrativo. Fue lanzado por el Banco de México en 2019 como una herramienta para facilitar cobros digitales mediante SPEI, pero su penetración cotidiana sigue siendo limitada. El Panorama Anual de Inclusión Financiera reportó que, al cierre de 2024, alrededor de 2.2 millones de cuentas habían realizado al menos un pago mediante Cobro Digital (CoDi), mientras las transferencias enviadas mediante esa plataforma incluso disminuyeron 18% respecto de 2023. No parece precisamente la revolución del pago digital que México necesitaba.
Lo paradójico es que los mexicanos sí estamos aprendiendo a transferir dinero. El problema no es una supuesta incapacidad tecnológica. De julio de 2023 a junio de 2024, el SPEI procesó 4.6 mil millones de transferencias, 90% de bajo valor, y para el cuarto trimestre de 2024 se estimaban 73.5 millones de usuarios mayores de edad. Más recientemente, Banco de México reportó 782.3 millones de operaciones SPEI tan sólo durante junio de 2026, por un monto superior a 21.9 billones de pesos. La infraestructura existe, las transferencias crecen y el teléfono ya está en el bolsillo.
Entonces, ¿por qué seguimos cargando billetes?
Porque detrás del efectivo está otro México: el de la informalidad. Durante el segundo trimestre de 2026, la tasa de informalidad laboral se ubicó en 55.1% de la población ocupada. Más de la mitad del empleo del país continúa moviéndose, total o parcialmente, fuera de esquemas formales. En ese universo circulan pagos en efectivo, pequeños comercios, servicios personales, mercados, transporte y actividades donde muchas veces no existe terminal bancaria, código QR ni incentivo suficiente para dejar el billete.
Y allí es donde el discurso gubernamental sobre inclusión financiera tropieza con la realidad. No basta con presumir millones de cuentas abiertas mientras buena parte de la economía continúa funcionando bajo condiciones que favorecen el efectivo.
La bancarización administrativa no necesariamente equivale a inclusión financiera efectiva.
Si una persona recibe dinero en una cuenta pero inmediatamente necesita retirarlo porque el transporte, el mercado, la fonda o el pequeño comercio de su comunidad sólo reciben efectivo, el problema no está en el ciudadano: está también en el ecosistema económico que no terminó de digitalizarse.
Las diferencias regionales lo hacen todavía más evidente. Para compras superiores a 500 pesos, en la Ciudad de México el efectivo representa 55.2% del medio de pago principal; en la región sur llega a 82%. Es una brecha enorme.
No existe un solo México financiero: existe uno donde pagar con teléfono resulta cotidiano y otro donde preguntar “¿acepta transferencia?” todavía puede recibir un no como respuesta.
El gobierno debería mirar menos el número de tarjetas entregadas y mucho más lo que ocurre después de entregarlas.
Hace falta infraestructura, conectividad, competencia, educación financiera, menores barreras para pequeños comercios y, sobre todo, una estrategia de formalización que resulte viable para quienes hoy sobreviven en la informalidad. Porque tampoco puede pretenderse combatir el efectivo simplemente aumentando controles y obligaciones sobre pequeños negocios que apenas consiguen mantenerse abiertos.
Los pagos digitales, además, están avanzando pese a todo. Durante 2024 se realizaron 9.1 mil millones de transacciones y transferencias, 16% más que un año antes. El comercio electrónico incrementó sus operaciones 27%. Incluso las transferencias SPEI de apenas 50 a 100 pesos fueron las que mostraron el mayor crecimiento respecto de 2023: 55%. Es decir, el mexicano no rechaza necesariamente lo digital; cuando encuentra una herramienta sencilla, accesible y útil, la utiliza.
Por eso sería demasiado cómodo culpar al ciudadano y concluir que “al mexicano simplemente le gusta el billete”. Sí, nos gusta.
Pero también lo necesitamos porque una enorme parte de nuestra economía sigue construida alrededor de él.
Después de años de discursos sobre modernización, inclusión y digitalización, México tiene más cuentas, más aplicaciones y más transferencias, pero conserva una economía profundamente dependiente del efectivo y una informalidad laboral superior a la mitad de la población ocupada.
Ése es el verdadero pendiente.
No se trata de desaparecer los billetes ni de convertir el efectivo en enemigo. Se trata de construir un país donde pagar digitalmente sea realmente una opción para todos y no un privilegio determinado por el código postal, el tipo de empleo o el comercio donde se compra.
Porque abrir millones de cuentas es relativamente sencillo.
Lo difícil es construir una economía suficientemente formal, accesible y confiable para que los mexicanos no necesitemos correr al cajero cada vez que cae la quincena.

