Expresión Ciudadana
Durante años el gobierno presumió que estaba construyendo una revolución educativa. Le puso nombre, discurso, libros nuevos, campos formativos, proyectos comunitarios y una enorme carga de propaganda: Nueva Escuela Mexicana.
Pero llegó la hora de mirar los resultados.
Y los resultados son alarmantes.
Los datos de PISA 2025, dados a conocer este 8 de septiembre por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), vuelven a colocar a México frente a una realidad educativa que ningún discurso puede ocultar.
La evaluación fue aplicada a más de 760 mil estudiantes de 15 años de 91 países y economías, representativos de aproximadamente 33 millones de jóvenes. En México participaron 7 mil 843 estudiantes de 297 escuelas, representativos de aproximadamente 1 millón 581 mil jóvenes mexicanos de 15 años.
Y México permanece por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias.
Los números son contundentes.
En matemáticas, los estudiantes mexicanos obtuvieron un promedio de apenas 388 puntos, frente a 463 puntos de la OCDE: una brecha de 75 puntos.
Pero existe un dato todavía más preocupante: solamente 30 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó por lo menos el nivel 2, considerado por PISA como el nivel mínimo de competencia matemática. En el promedio de la OCDE lo consiguió 65 por ciento.
Dicho sin tecnicismos: siete de cada diez jóvenes mexicanos evaluados quedaron por debajo del nivel básico en matemáticas.
No estamos hablando de estudiantes incapaces de resolver complejos problemas universitarios. Estamos hablando de jóvenes de 15 años que presentan dificultades para utilizar conocimientos matemáticos elementales en situaciones cotidianas, como representar matemáticamente una situación sencilla, comparar distancias o realizar conversiones de precios.
Ésa debería ser una emergencia nacional.
Y hay otro dato demoledor: prácticamente ningún estudiante mexicano alcanzó los niveles 5 o 6 de matemáticas, los niveles de alto desempeño. En el promedio de la OCDE lo hizo 8 por ciento.
Mientras México prácticamente desaparece de la excelencia matemática, en algunos sistemas educativos asiáticos ocurre exactamente lo contrario: 54 por ciento de los estudiantes de las provincias y municipios chinos participantes alcanzó esos niveles; en Singapur fue 37 por ciento; en Taipéi, 32 por ciento; Corea, 23 por ciento, y Japón, 22 por ciento.
Ésa es la competencia que enfrentarán nuestros jóvenes.
Pero seguramente escucharemos explicaciones, justificaciones y discursos sobre los enormes avances de la transformación educativa.
Lo que difícilmente podrán explicar es algo mucho más sencillo:
¿cómo puede presumirse una nueva educación cuando tantos estudiantes siguen sin dominar conocimientos fundamentales?
Ése es el verdadero juicio sobre la Nueva Escuela Mexicana.
No necesitamos discutir durante horas sus conceptos pedagógicos ni perdernos entre palabras como interculturalidad, comunidad, inclusión, saberes, pensamiento crítico, ejes articuladores y campos formativos.
Necesitamos preguntarnos qué están aprendiendo los niños. Porque un modelo educativo puede tener cien conceptos innovadores, pero si el alumno no comprende suficientemente lo que lee, no domina las matemáticas y tiene carencias científicas, el sistema no está cumpliendo con su tarea fundamental.
La escuela existe para enseñar.
Parece una obviedad, pero en México hubo que recordarlo. La Nueva Escuela Mexicana quiso transformar prácticamente todo: reorganizó contenidos, modificó programas, introdujo nuevos libros de texto, sustituyó la estructura tradicional de asignaturas por campos formativos y colocó el trabajo por proyectos y la comunidad en el centro de su propuesta.
El problema es que ninguna innovación pedagógica vale por sí misma si no produce mejores aprendizajes. Ahí es donde el discurso oficial comienza a derrumbarse.
Y la tendencia tampoco ayuda al gobierno.
La propia OCDE señala que los resultados mexicanos de matemáticas en 2025 fueron inferiores a los de 2022, con una caída de 7 puntos. Además, los resultados actuales de matemáticas y lectura están por debajo de los registrados entre 2009 y 2018.
Más todavía: comparado con 2015, el porcentaje de estudiantes mexicanos de bajo desempeño aumentó 13 puntos porcentuales en matemáticas y 8 puntos en lectura.
México necesita jóvenes capaces de competir en un mundo dominado por inteligencia artificial, programación, ingeniería, biotecnología, automatización y economía digital. Mientras otros países fortalecen matemáticas, ciencias, tecnología e idiomas, aquí el gobierno parece mucho más preocupado por defender políticamente su modelo educativo que por preguntarse si realmente está funcionando.
Y los resultados deberían encender todas las alarmas.
Porque el problema no termina en matemáticas.
En lectura, México obtuvo 408 puntos, mientras el promedio de la OCDE fue de 461. Sólo 50 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel 2 de competencia lectora, contra 69 por ciento en la OCDE.
Eso significa que aproximadamente uno de cada dos jóvenes mexicanos evaluados quedó por debajo del nivel básico de lectura.
Y nuevamente aparece la ausencia de excelencia: prácticamente ningún estudiante mexicano llegó al nivel 5 o superior en lectura, mientras el promedio de la OCDE fue de 6 por ciento.
Las deficiencias en lectura son especialmente preocupantes. Un estudiante que no comprende adecuadamente un texto tendrá enormes dificultades para estudiar historia, aprender ciencia, interpretar información, distinguir argumentos, detectar mentiras y desarrollar aquello que la propia Nueva Escuela Mexicana presume tanto: pensamiento crítico.
Aquí aparece una de las grandes contradicciones del modelo.
No existe pensamiento crítico sin conocimiento.
No basta pedirle a un niño que reflexione sobre su comunidad. Primero hay que darle herramientas para comprenderla.
Tiene que leer.
Tiene que escribir.
Tiene que conocer historia.
Tiene que comprender ciencia.
Tiene que razonar matemáticamente.
Tiene que aprender a contrastar información.
Después podrá cuestionar el mundo.
Pretender invertir ese proceso es vender como innovación algo que puede terminar convirtiéndose en simulación educativa.
Y en ciencias, precisamente el área principal de PISA 2025, México tampoco tiene motivos para celebrar.
Los estudiantes mexicanos consiguieron 414 puntos, contra 482 puntos del promedio de la OCDE. Son 68 puntos de diferencia.
Apenas 50 por ciento de los alumnos mexicanos alcanzó el nivel 2 o superior en ciencias, frente a 74 por ciento en la OCDE.
Es decir, prácticamente la mitad de nuestros estudiantes se encuentra por debajo del nivel básico de competencia científica.
Y mientras el 7 por ciento de los estudiantes de la OCDE alcanza los niveles superiores 5 o 6 en ciencias, en México nuevamente prácticamente ninguno llega a esos niveles.
Estamos hablando de un país que quiere desarrollar tecnología, atraer inversiones de alto valor agregado, competir en inteligencia artificial, aprovechar el nearshoring, formar ingenieros y construir soberanía científica, pero donde alrededor de la mitad de los jóvenes evaluados no alcanza siquiera el nivel básico de competencia científica.
La contradicción es brutal.
Y todavía existe una consecuencia mucho más grave.
Una mala escuela pública castiga principalmente a los pobres.
El hijo de una familia con dinero puede compensar las deficiencias del sistema: clases particulares, cursos, libros, idiomas, plataformas digitales, computadoras, asesorías o una escuela privada.
El niño pobre no.
PISA vuelve a demostrar además que la desigualdad económica sigue entrando al salón de clases. En México, los estudiantes pertenecientes al 25 por ciento socioeconómicamente más favorecido superaron por 68 puntos en ciencias al 25 por ciento más desfavorecido.
Para millones de familias mexicanas, la escuela pública es prácticamente la única oportunidad de que sus hijos obtengan las herramientas necesarias para competir.
Cuando esa escuela falla, el gobierno no está reduciendo la desigualdad.
La está heredando de generación en generación.
Por eso resulta profundamente contradictorio que un gobierno que se proclama defensor de los pobres permita que millones de estudiantes avancen dentro del sistema educativo acumulando deficiencias básicas.
No basta con matricularlos.
No basta con entregarles una beca.
No basta con proporcionarles libros.
No basta con evitar que abandonen la escuela.
Hay que enseñarles.
Un alumno puede pasar seis años en primaria, tres en secundaria y recibir todos los apoyos sociales disponibles; pero si termina esa trayectoria sin comprender correctamente un texto o sin poder resolver un problema matemático básico, el Estado le habrá entregado certificados, pero no necesariamente las herramientas para cambiar su vida.
Y ésa es la discusión que deberían provocar los resultados de México.
No cómo maquillar las cifras.
No cómo responsabilizar al pasado.
No cómo convertir una evaluación educativa en una batalla ideológica.
Sino cómo recuperar urgentemente los aprendizajes.
La Nueva Escuela Mexicana necesita ser sometida a algo que aparentemente incomoda mucho en la política mexicana: resultados medibles.
¿Mejoró la comprensión lectora?
¿Mejoró el razonamiento matemático?
¿Mejoraron las ciencias?
¿Disminuyeron los rezagos?
¿Los nuevos libros están funcionando?
¿El trabajo por proyectos está produciendo mejores aprendizajes?
¿Los campos formativos funcionan mejor que la estructura anterior?
Eso es lo que debería demostrar la Secretaría de Educación Pública.
No con discursos.
Con números.
Y los números disponibles son incómodos:
388 puntos en matemáticas frente a 463 de la OCDE.
408 puntos en lectura frente a 461.
414 puntos en ciencias frente a 482.
Siete de cada diez estudiantes mexicanos por debajo del nivel básico en matemáticas.
Uno de cada dos por debajo del nivel básico en lectura. Prácticamente uno de cada dos por debajo del nivel básico en ciencias.
Y prácticamente ningún estudiante mexicano entre los niveles de excelencia en las tres áreas. Eso también es la realidad educativa de México.
Porque cambiarle el nombre a las cosas es extraordinariamente fácil. Puede cambiarse “materias” por “campos formativos”; puede hablarse de “saberes y pensamiento científico”; pueden diseñarse nuevos libros y organizar ceremonias para anunciar una transformación histórica.
Pero al final existe una prueba imposible de esconder:
el alumno sabe o no sabe.
Comprende o no comprende.
Resuelve o no resuelve.
Y cuando México sigue apareciendo rezagado frente a otras economías, la propaganda educativa deja de importar.
La tragedia es todavía mayor porque México no carece de niños inteligentes ni de maestros comprometidos. Carece de una política educativa obsesionada con el aprendizaje.
De hecho, PISA 2025 ofrece un dato revelador: 81.2 por ciento de los estudiantes mexicanos dice que le gusta aprender cosas nuevas en la escuela, frente a 68.8 por ciento en el promedio de la OCDE.
Ahí está quizá una de las conclusiones más dolorosas.
Los jóvenes mexicanos quieren aprender. El sistema es el que no está consiguiendo que aprendan lo suficiente.
Durante demasiado tiempo la educación ha sido utilizada para disputar sindicatos, construir carreras políticas, repartir posiciones, imponer proyectos sexenales y vender reformas como si cada gobierno estuviera obligado a reinventar la escuela.
Mientras tanto, los alumnos siguen esperando.
La Nueva Escuela Mexicana fue presentada como una ruptura histórica con el pasado.
Entonces debe aceptar también una regla elemental:
quien presume una transformación tiene la obligación de demostrarla.
Y no mediante spots, conferencias, discursos o nuevos conceptos pedagógicos.
Debe demostrarla en el salón.
En lectura.
En matemáticas.
En ciencias.
En aprendizaje.
México necesita menos propaganda educativa y más educación.
Menos experimentación sexenal y más conocimientos fundamentales.
Menos obsesión por bautizar modelos y más obsesión por medir lo que realmente aprenden los niños.
Porque ningún gobierno puede hablar seriamente de transformación nacional mientras una parte enorme de sus jóvenes llega a los 15 años sin las herramientas académicas que necesitará para competir en el mundo.
La Nueva Escuela Mexicana prometió formar una generación capaz de transformar su realidad.
Primero debería garantizar que esa generación pueda comprenderla. Ésa es la verdadera calificación. Y frente a los resultados educativos de México, la Nueva Escuela Mexicana tiene todavía demasiadas materias reprobadas como para seguir presumiéndose como un éxito.


