La corrupción también se derrumba

Es Mi Pienso
En Venezuela el pasado 24 de junio tembló. Dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas segundos, dejaron hasta el momento cerca de dos mil muertos confirmados y una cifra escalofriante de desaparecidos (la ONU habla de hasta 50,000 personas bajo escombros) que amenaza con convertir esta tragedia en una de las más letales de la historia moderna de América Latina. Y no sólo tembló, también se derrumbó literalmente un modelo de gobierno.

Porque más doloroso que la fuerza de la naturaleza es la sospecha, cada vez mejor documentada, de que buena parte de esas muertes pudieron evitarse.

Los edificios que más se derrumbaron no fueron los más viejos, sino algunos de “los más nuevos”, los levantados bajo la Gran Misión Vivienda Venezuela, el proyecto insignia con el que Hugo Chávez prometió dignidad a millones de familias humildes. (ej. vivienda para el bienestar)

Hoy, ingenieros y organizaciones como Transparencia Venezuela documentan lo que ya se sospechaba desde hace años: columnas hechas con poliestireno mezclado con cemento, contratos internacionales opacos —como los 120 millones de dólares transferidos a una constructora bielorrusa para una obra que nunca se terminó—, y una velocidad de construcción urgida para la fotografía inaugural sin importar la seguridad estructural. (coincidencias)

El proyecto urbanístico que lleva el propio nombre de Chávez quedó inhabitable. La ironía es demasiado cruel para ser casualidad.

Y luego está la otra tragedia, la que no midió ningún sismógrafo: la de un país gobernado, tras la caída de Maduro, por un interinato chavista —Delcy Rodríguez, con Diosdado Cabello como su hombre fuerte en el Interior— que parece más preocupado por ocultar los hechos que por salvar vidas.

El video de Cabello bloqueando físicamente a un rescatista estadounidense que gritaba tener a alguien con vida bajo los escombros no necesita interpretación: ahí está, en cámara, deteniendo una camioneta mientras el reloj seguía corriendo y la posibilidad de rescatar con vida a las personas se iba extinguiendo, mientras los venezolanos seguían escarbando escombros con las manos, porque tampoco había maquinaria pesada para ayudarles.

No hace falta inventar villanos cuando la realidad ya los pone en cámara. Lo que sí vale la pena preguntarse, con la cabeza fría, es si este patrón —obra pública deficiente adjudicada sin transparencia, evidentes actos de corrupción que benefician a “los amigos” del poder, el daño directo a los más vulnerables, control político disfrazado de “coordinación” de la ayuda y un aparato de propaganda más veloz que el de rescate— es exclusivo del chavismo, o si es apenas el ejemplo más extremo de una tentación que otros gobiernos de la región, con distintos matices y sin el mismo nivel de represión, también han enfrentado cuando la tragedia expone lo que la opacidad se empeña en esconder.

Venezuela hoy no solo entierra a sus muertos. Entierra, bajo el mismo escombro a la “revolución Chavista” que construyó lo que decía ser un cambio contra los opresores y a favor de los pobres y oprimidos, mismos que hoy no volverán a votar por ellos, porque ya están muertos. Porka Miseria.

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