Expresión Ciudadana
La democracia no muere únicamente cuando aparecen dictadores. También comienza a agonizar cuando los ciudadanos dejan de pensar. Cuando renuncian a la razón para abrazar ciegamente una causa, un partido o un líder. Cuando la crítica se convierte en traición y el aplauso sustituye al análisis. Ese fenómeno tiene nombre: fanatismo político. Y hoy México lo padece como una epidemia silenciosa.
El fanático no razona; reacciona. No escucha; acusa. No debate; insulta. No busca la verdad; únicamente confirma aquello que desea creer. Poco importa si las cifras contradicen el discurso, si la realidad desmiente las promesas o si los hechos exhiben los errores.
Para el fanático, la evidencia nunca es suficiente porque su fe está por encima de cualquier dato.
La historia demuestra que ningún país ha construido una democracia sólida sobre la idolatría política. Los grandes retrocesos democráticos comenzaron cuando los ciudadanos dejaron de exigir cuentas a sus gobernantes y comenzaron a justificar absolutamente todo. La ciencia política identifica este fenómeno como una forma de polarización afectiva: el adversario deja de ser un rival político para convertirse en un enemigo moral.
México no escapó a esta enfermedad. Desde hace años el debate público dejó de girar alrededor de propuestas para convertirse en una guerra permanente entre buenos y malos, patriotas y traidores, pueblo y enemigos, conservadores y transformadores, neoliberales y chairos, fifís y vendidos. El lenguaje cambió y con él cambió también la convivencia nacional.
Las redes sociales terminaron por acelerar esa degradación. Los algoritmos premian el insulto antes que el argumento.
La mentira circula más rápido que la verdad.
Quien grita más fuerte obtiene más reproducciones. Quien insulta consigue más seguidores. Quien matiza pierde audiencia.
Hoy abundan los ejércitos digitales cuya única misión consiste en destruir a quien piensa diferente. No importa si son financiados por gobiernos, partidos, empresarios o grupos de interés. El resultado siempre es el mismo: contaminar la conversación pública hasta volver imposible cualquier discusión seria.
El problema es que el fanatismo no distingue colores. Existe en la izquierda y en la derecha. Vive en Morena, en la oposición y también entre quienes aseguran no tener partido. Hay fanáticos que justifican cualquier decisión del gobierno únicamente porque «es diferente al pasado». Pero también existen quienes descalifican cualquier acción gubernamental, aunque objetivamente pueda resultar positiva.
Ambos extremos terminan pareciéndose demasiado. Ambos dejan de pensar. Ambos convierten la política en religión.
Los gobiernos cambian. Los partidos nacen y desaparecen. Los líderes envejecen. Pero el fanático permanece. Ayer defendía al PRI porque «sabía gobernar». Después juró lealtad al PAN porque representaba «el cambio». Más tarde abrazó a Morena porque «ahora sí llegó la transformación». Mañana defenderá cualquier otra bandera con exactamente la misma pasión irracional. No tiene ideología; tiene necesidad de creer.
En México hemos visto cómo muchos ciudadanos justifican errores evidentes únicamente porque provienen del político que apoyan. La inseguridad deja de importar si la comete «mi gobierno». La corrupción deja de ser grave si involucra «a los nuestros». El nepotismo se vuelve aceptable cuando beneficia al grupo propio. La falta de resultados se explica con conspiraciones permanentes.
Pero la oposición tampoco ha estado libre de ese comportamiento. Durante años confundió crítica con odio sistemático. Hay quienes celebran cualquier noticia negativa del país únicamente porque creen que ello desgasta al gobierno. Poco importa el daño económico o social; lo importante es ganar la discusión política.
Ese comportamiento ha provocado que México viva en una confrontación permanente. El debate dejó de centrarse en cómo reducir la violencia, mejorar la educación, fortalecer el sistema de salud o impulsar el crecimiento económico. Ahora la discusión consiste en descubrir quién odia más al otro.
Las universidades, los medios de comunicación, las organizaciones civiles e incluso las familias han terminado atrapadas en esta lógica tribal. Una opinión distinta basta para romper amistades de décadas. Una crítica al gobierno convierte a cualquiera en «vendido».
Un reconocimiento a una política pública basta para ser llamado «chairo». Los argumentos desaparecieron; únicamente sobreviven las etiquetas.
Paradójicamente, quienes más hablan de democracia suelen ser quienes menos toleran el disenso. Exigen libertad de expresión solamente cuando coincide con sus ideas. Cuando alguien piensa diferente, inmediatamente piden censura, cancelación o linchamiento digital.
No existe democracia sin crítica. Pero tampoco existe democracia cuando toda crítica es convertida en odio.
Los estudios sobre polarización en México muestran que este fenómeno no nació ayer, pero sí se ha intensificado mediante discursos políticos que enfatizan las diferencias y convierten la identidad partidista en una identidad emocional. La confrontación deja de ser electoral para convertirse en personal.
Lo verdaderamente preocupante es que el fanatismo beneficia a los políticos de todos los partidos. Un ciudadano fanático jamás exigirá resultados. Nunca pedirá transparencia. Nunca cuestionará contratos, obras, endeudamiento o nombramientos. Defenderá todo antes de admitir un error.
Ese es el sueño de cualquier gobernante: ciudadanos que aplaudan sin preguntar.
Mientras la sociedad se pelea en redes sociales, los problemas reales siguen creciendo. La violencia continúa cobrando víctimas. La corrupción cambia de nombre, pero no desaparece. La pobreza sigue afectando a millones de mexicanos. La educación enfrenta rezagos históricos. El sistema de salud continúa acumulando deficiencias. Sin embargo, buena parte del debate nacional gira alrededor de quién ganó la discusión en X o quién insultó mejor en Facebook.
El fanático nunca exige soluciones. Exige enemigos.
Por eso el mayor riesgo para México no es únicamente un mal gobierno. Es una ciudadanía que renuncia voluntariamente a su capacidad crítica. Porque un pueblo que deja de pensar termina aceptando cualquier abuso.
No necesitamos más creyentes; necesitamos ciudadanos.
No necesitamos más aplausos automáticos; necesitamos preguntas incómodas.
No necesitamos más militantes digitales; necesitamos mexicanos capaces de reconocer aciertos y señalar errores sin importar quién gobierne.
Criticar no convierte a nadie en traidor. Reconocer un acierto tampoco vuelve oficialista a nadie. La madurez democrática consiste precisamente en eso: juzgar los resultados antes que los discursos.
El fanatismo político es una gangrena que consume lentamente la razón. Empieza justificando una mentira, continúa normalizando un abuso y termina destruyendo la capacidad de distinguir entre el interés público y el interés del partido.
México necesita recuperar la objetividad antes de que la polarización termine convirtiendo a los ciudadanos en simples soldados de una guerra que sólo beneficia a quienes viven del poder.
Porque al final, los políticos pasan.
Los partidos cambian.
Los discursos se olvidan.
Pero un país dividido por el fanatismo tarda generaciones en volver a encontrarse.

