EL HOMBRE MILAGRO

PIENSO, LUEGO ESCRIBO

Para Lázaro la historia se repetía. En su abultado historial clínico, había muchas páginas que advertían sobre el insuperable desastre en su sistema digestivo, diagnosticado veinte años antes. Ya amputado del intestino, le quedaba el consuelo de mantener una modesta calidad de vida, con su férrea resistencia y la esperanza de permanecer un tiempo más en este mundo. La realidad, es que ya se había conformado con el día a día. Cada mañana, abrir los ojos, agradecer y levantarse para continuar en la bendita trinchera.

Esa noche de marzo, vivió otra larguísima pesadilla, una espantosa distención no lo dejó dormir. El dolor abdominal ocasionado por la parálisis intestinal, encendió la alerta y lo llevaría a un estado crítico que se extendió hasta la madrugada.

A las seis de la mañana ya estaba en la sala de espera  del servicio de urgencias del hospital. El ingreso fue rápido, a los pocos minutos, pasó a un pequeño módulo de consulta. Un joven médico lo atendió, mientras una enfermera le tomaba los signos vitales. La revisión de la zona congestionada generó preocupación, había que hospitalizarlo y poner en observación. Se instruyó el ingreso, seguido por la canalización de rutina y la extracción de sangre para los estudios de laboratorio necesarios.

Sentado, a la espera de una camilla que precedía al internamiento, observó por unos instantes el trasiego de locura en el área de urgencias. Las puertas se abrían y cerraban como en una tienda de conveniencia. Se contaban más los lesionados en accidentes viales, lo común en la época, colisiones provocadas por motociclistas. Algunos con heridas graves, facturas expuestas y traumatismos, que requerían atención inmediata. Hasta el pasillo, donde esperaba canalizado, se oía el estruendo de los gritos de dolor, de los que estaban siendo intervenidos por el equipo médico.

Aturdido, no se dio cuenta cuando una enfermera se acercó para decirle, que ya estaba lista su camilla. Casi enseguida ya descansaba recostado en la angosta cama rodante.

La normalidad en un hospital es el paso lento del tiempo. Lázaro con su cuerpo cubierto por una ligera bata azul, sin el reloj y el móvil, no atinaba la hora que vivía. Otra vez la vida lo ponía a prueba. La fe inquebrantable y actitud lo mantenían de pie, todavía ignorando la misión que debía  cumplir, pero significaba su salvación. Cuándo alguna vez, un emisario de tanatología le preguntó ¿Piensa usted morir¿ él contestó con seguridad, ¡No tengo ese plan!

Por la tarde de ese mismo día, le anunciaron que ya había espacio disponible en piso. Los médicos han ordenado que esté bajo vigilancia, en ayuno y con la prescripción de un fuerte laxante, mientras se deciden  otros procedimientos que hagan reaccionar el intestino. Eso le dijeron.

Lázaro se estaba preparando para los estudios agresivos que no desconocía, pero le bajaban el ánimo hasta el suelo. Endoscopias, colonoscopías, tomografías, estarían en la lista de los exámenes que amenazaban su frágil condición física.

La vida enseña, que lo peor que puede ocurrir, es perder la fe y claudicar, ante el temor y la angustia por la agobiante realidad. Al siguiente día de permanecer entre las frías paredes del hospital, después de la hora de la comida, la cual nunca llegaría, Lázaro descendió de la cama y dio unos pasos, sin alejarse demasiado, se acercó a la ventana, vio el crepúsculo y pensó que pronto saldría de ese lugar deprimente.

Regreso a la cama, subió y nuevamente se estaba acomodando, cuando sintió que sus tripas empezaron a moverse y hacer unos ruidos apenas audibles. Así fue, el intestino sorpresivamente avisaba que estaba recuperando la motilidad y el drenaje empezaba a fluir hacía la pequeña bolsa conectada a su vientre.

Más tarde, la enfermera de turno, verificaría la situación, el transito digestivo se había normalizado, y lo comunicó al equipo médico. Se acercaba la hora de visita, la oscuridad se percibía por la ventana. Lázaro, sensiblemente animado, soló esperaría la revisión vespertina. La crisis había  terminado.    

Cerca de las siete de la noche, en el pabellón se respiraba el silencio melancólico. Lázaro esperaba con impaciencia la visita de la tarde. No aguardó tanto, puntualmente entraron el residente con el equipo médico. La expectación avivó sus sentidos. Callado en la cama, se dispuso a escuchar el reporte. En eso estaba, cuando el novel residente, de buen humor y extraordinaria empatía, con voz fuerte y señalando a Lázaro expresó ¡Señores, les presento al hombre milagro!

Sin saber si reír o llorar, Lázaro solo atinó a decir, ¡Gracias doctor!, éste sonriendo le respondió, ya está firmada su alta, se puede ir a casa. A los elegidos, la vida les da varias oportunidades.

Junio 27 de 2026

*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.

*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.

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