EL HOMBRE DE LA BICICLETA ROJA

PIENSO, LUEGO ESCRIBO

Por Akiles Boy*

Fidencio vivía en la congregación de El Mangal, alejada de la zona urbana del municipio, en la cálida y fértil región de la cuenca veracruzana, en la ribera del caudaloso río Papaloapan, tierra generosa con natural vocación  para la agricultura y la ganadería. Tenía muchos años que su hermano Ventura lo había recibido en su casa, a cambio ayudaba en las actividades del campo. Un sembradío de caña de azúcar y otra parcela con maíz y frijol.

Se afanó en adaptarse a esa vida rural, pero cuando podía se escapaba al mundanal bullicio de la pequeña población. Un paseo por el parque, una cerveza en algún bar y de vez en cuando una vista al burdel que abría sus puertas los sábados y domingos, cuando llegaban mujeres fuereñas, dispuestas a complacer a los hombres que buscaban saciar sus ardientes pasiones.

Muchos años sufriendo para salir y regresar a El Mangal. En algún camión cañero, en la camioneta de redilas de Apolonio, que iba al pueblo a comprar provisiones y de paso, vender a los locatarios del mercado, hortalizas y queso que hacían un grupo de mujeres, dirigidas por Juanita, la esposa de Ventura.

Hasta que reunió un dinerito y pudo comprarse una bicicleta. A partir de esa fecha, se convirtió en viajero frecuente, siempre montado en su flamante transporte de dos  ruedas. No le importó tener una deuda con Don Pancho, el usurero, propietario de la Mueblería González, la más popular por su buen surtido.

La vida de Fidencio estaba dentro de la normalidad en el medio rural. A la entrada de la urbanización, no faltaba quien lo reconociera por su estatura, medía alrededor de 1.90 metros. Siempre con gorra o sombrero, saludaba con cortesía  a la gente que lo identificaba como el Hombre de la Bicicleta Roja. Continuamente pasaba a ver a Fortino, otro hermano mayor. Con el que mantenía una buena relación de fraternidad. En cada ocasión que lo visitaba, le llevaba fruta de la temporada o pescado fresco que sacaban del río.

Un fin de semana de octubre, su existencia dio un vuelco. En lo que empezó como una convivencia familiar ordinaria, al calor del aguardiente, se suscitó el conflicto entre Fidencio y Ventura. El segundo, lo acusaba de abusar de su confianza y haber tenido un amorío con Juanita, su mujer. La discusión subió de tono, escaló a los golpes y ambos sacaron el cuchillo que traían fajado al pantalón.

La oportuna intervención del compadre Jacinto, evitó una tragedia. Pero todavía con el coraje encendido y convencido del hecho, Ventura con ofensas corrió de la casa a Fidencio, si darle oportunidad de escuchar sus alegatos de defensa, ante lo que sería una intriga concebida en las sombras por una mente perversa de la comunidad.

Al día siguiente Fidencio abandonaba El Mangal, con sus pocas pertenencias que acomodó en una caja de cartón. La encaramó y amarró a la parrilla de la bicicleta y con gran sentimiento de frustración y  lágrimas rodando por su afilado rostro, decidió cerrar ese episodio de vida. Fortino lo buscaría sin tener alguna noticia de su paradero. Sin duda, extrañaba su presencia ocasional y el cruce de pláticas que los hacía viajar al pasado.

Tres años después, unos parientes le informaron que Fidencio vivía en un poblado del sur de Veracruz. Había ido en busca  de su hermana Minerva,  ella lo había alojado temporalmente. Sin embargo, nunca se adaptó a ese ambiente desconocido, del rancho a una ciudad petrolera, le resultó desafiante y decepcionante. Tuvo varios empleos, intendente, cantinero, jardinero y hasta sepulturero. Era un hombre de pocas palabras, prefería la soledad, no se distinguió por ser un conquistador, tuvo escasas aventuras amorosas, rehuía el compromiso de tener pareja y menos hijos.

Nadie tuvo la certeza del cambio de domicilio. Fidencio se mudó a otro poblado cercano. Su vida y salud empezaban a quebrarse. El aislamiento acentuó la soledad y cayó en una aguda depresión, que acabó lentamente con su resistencia. Moriría solo, quizá terminó en una fosa común. Sus hermanos lo olvidaron, para ellos había desaparecido. Nunca se sabe cómo será el final, cuándo llegará la muerte y dónde quedaremos.            

Mayo 21 de 2026

*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.

*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.

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