PARTIDOS POLÍTICOS EN LATINOAMÉRICA: ENTRE LA DEMOCRACIA, EL DESENCANTO Y EL PODER PERSONAL

Durante buena parte del siglo XX, hablar de política en América Latina era hablar de partidos. Liberales contra conservadores; socialdemócratas contra demócratas cristianos; socialistas contra partidos de derecha. Las organizaciones partidistas construían cuadros, formaban dirigentes, articulaban demandas sociales y, sobre todo, ofrecían al ciudadano una identidad política. Hoy el escenario es radicalmente distinto.

Los partidos siguen existiendo, participan en elecciones, ocupan congresos y gobiernan países. Pero han dejado de ser, en muchos casos, el principal vehículo de identificación política de los ciudadanos.

América Latina necesita partidos políticos para que exista una democracia competitiva, pero una parte importante de los latinoamericanos ya no confía en ellos.

El Latinobarómetro 2024 coloca la confianza promedio en los partidos políticos de la región en apenas 17%. Uruguay registra el nivel más alto, con 36%, mientras Colombia y Perú aparecen entre los más bajos, con 9%. México alcanza 30%.

La paradoja está a la vista: los ciudadanos desconfían de los partidos, pero siguen utilizando las elecciones para castigar gobiernos, cambiar mayorías y buscar alternativas.

Durante décadas, los partidos eran intermediarios indispensables entre la sociedad y el Estado. Un ciudadano que quería participar en política tenía que acercarse a un partido, afiliarse, hacer carrera, ganar posiciones internas y eventualmente convertirse en candidato.

Las redes sociales, la televisión, las plataformas digitales y la personalización de la política rompieron ese monopolio.

Ahora un ciudadano puede construir una candidatura sin haber pasado por décadas de militancia. Puede convertirse en líder de opinión sin pertenecer a una estructura partidista. Y puede llegar al poder apoyándose más en su imagen personal que en una ideología perfectamente definida.

La política latinoamericana está transitando así del partido-máquina al partido-marca y, en algunos casos, del partido-marca al líder-marca.

El fenómeno explica buena parte del éxito de figuras que construyen movimientos alrededor de su personalidad, de una narrativa de confrontación o de la promesa de destruir aquello que identifican como “la vieja política”.

Javier Milei en Argentina constituye uno de los ejemplos más evidentes de esta transformación. Nayib Bukele en El Salvador representa otra variante. Y en México, Morena demuestra cómo una organización política puede crecer alrededor de un liderazgo histórico hasta convertirse en una poderosa maquinaria electoral.

Pero sería un error reducir el fenómeno a la izquierda o a la derecha. La personalización del poder atraviesa todo el espectro ideológico. La ideología perdió terreno frente al pragmatismo

Durante mucho tiempo se creyó que los electores latinoamericanos votaban principalmente por convicciones ideológicas. La realidad actual parece ser mucho más pragmática. Seguridad. Inflación. Empleo. Corrupción. Servicios públicos. Migración. Violencia. Costo de vida. El elector contemporáneo pregunta cada vez menos “¿de qué partido eres?” y cada vez más “¿qué vas a hacer con mi problema?”

Los resultados electorales recientes muestran además un movimiento pendular. Después de una etapa de predominio de gobiernos progresistas, América Latina ha experimentado un importante avance de fuerzas de derecha y centro-derecha. Las elecciones de los últimos años en Argentina, Ecuador, Panamá, El Salvador, Chile, Bolivia, Honduras y otros países han contribuido a modificar el mapa político regional.

Pero tampoco sería correcto hablar de una simple “derechización” de América Latina. Lo que existe es algo más profundo: el elector está castigando al gobierno que no cumple, independientemente de su etiqueta ideológica.

La izquierda puede perder por inseguridad o estancamiento económico. La derecha puede perder por desigualdad o corrupción. Los partidos tradicionales pueden desaparecer electoralmente. Y una figura prácticamente desconocida puede convertirse en presidente si consigue interpretar el malestar social.

El voto latinoamericano está dejando de ser una herencia ideológica para convertirse en un mecanismo de evaluación.El ciudadano ya no quiere escuchar promesas: quiere resultados. Aquí aparece uno de los grandes desafíos de los partidos.

Las sociedades latinoamericanas son más urbanas, más conectadas y más informadas que las de hace treinta años. Pero también están sometidas a una cantidad inédita de información, desinformación y propaganda política.

El ciudadano recibe discursos políticos permanentemente.Por eso el problema ya no consiste únicamente en comunicar. Consiste en convencer. Y convencer requiere resultados.

El reciente informe regional del PNUD sobre democracia advierte precisamente que América Latina mantiene una importante fortaleza democrática —más de cuatro de cada cinco ciudadanos de la región viven bajo regímenes elegidos mediante elecciones—, pero enfrenta simultáneamente una crisis de representación, polarización, desinformación, aceleración tecnológica y expansión del crimen organizado.Es decir: las democracias latinoamericanas no están necesariamente muriendo.

Y una de las principales presiones proviene de la incapacidad de los sistemas políticos para convertir el voto en bienestar cotidiano.

El peligro de los partidos convertidos en clubes electorales. Un partido que solamente aparece durante las campañas deja de ser una institución democrática y comienza a convertirse en una franquicia electoral. El fenómeno se repite en distintos países. Dirigencias cerradas.Candidaturas negociadas entre grupos. Militancias utilizadas como estructura electoral. Cuotas de poder. Nepotismo.Intercambio de favores. Y una ciudadanía convocada únicamente cuando llega el momento de votar.

El resultado es previsible: el ciudadano siente que los partidos no le pertenecen. Y cuando los partidos dejan de representar a la sociedad, aparece un espacio enorme para el líder que promete representar “al pueblo” directamente, sin intermediarios. Ahí comienza uno de los riesgos más delicados de la política latinoamericana.

Cuando las instituciones pierden legitimidad, el ciudadano puede terminar depositando su confianza en una persona. El líder aparece entonces como solución a todo: “Yo sí puedo.””Yo sí voy a acabar con la corrupción.” “Yo sí voy a recuperar la seguridad.” “Yo sí voy a enfrentar a los privilegiados.” El problema es que una democracia saludable no puede depender de que aparezca una persona excepcional.

Necesita instituciones capaces de funcionar incluso cuando el gobernante no sea excepcional. Por eso la discusión sobre los partidos políticos no debe limitarse a preguntar cuál partido está a la izquierda o cuál está a la derecha. La pregunta verdaderamente importante es: ¿qué tan democráticos son los partidos que pretenden gobernar democráticamente?

El futuro será de los partidos que sepan transformarse.

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