El próximo jueves 10 de septiembre de 2026 se cumplirán veinte años del fallecimiento de Francisco Rubén Córdoba Olivares —conocido entrañablemente como Paquito Córdoba entre familiares, colegas y alumnos—, profesor normalista y maestro en antropología. Como catedrático de la antigua Unidad de Humanidades y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana, ejerció la docencia con una vocación que trascendía las aulas: impartió clases tanto en la carrera de Antropología, de la que fue director por más de una década, como en la de Historia en la Universidad Veracruzana. Su formación en la hoy Centenaria y Benemérita Escuela Normal Veracruzana le proporcionó las bases pedagógicas que lo convertirían en un profesor universitario ejemplar; a ello se sumaba su pasión por la dramaturgia, que imprimía un sello distintivo a su quehacer académico.
Recuerdo con claridad el domingo 10 de septiembre de 2006. Fue uno de esos días memorables en mi biografía personal, no solo por la noticia que recibiría más tarde, sino porque esa fecha me remite a otros 11 de septiembre cargados de significado histórico. El primero, el de 1973, cuando siendo niño presencié en el ambiente familiar las primeras noticias del golpe de Estado en Chile contra el presidente Salvador Allende, transmitidas por la televisión de Televisa. Años después, el 11 de septiembre de 2001, ya como adulto y funcionario del Instituto Nacional de Migración, fui testigo del ataque a las torres gemelas en Estados Unidos. Aquel domingo 10 de septiembre de 2006, sin embargo, la historia se hacía íntima y dolorosa. Me encontraba en la Ciudad de México, participando en reuniones vinculadas con la transición del sexenio de Vicente Fox Quesada al presidente electo Felipe Calderón Hinojosa. Fue en las primeras horas de la tarde, en la Residencia Oficial de Los Pinos, cuando recibí una llamada urgente de mi madre: me informaba del fallecimiento de Paquito Córdoba, su vecino y excompañero de la primaria en el Centro Escolar Revolución. La noticia cayó como un balde de agua helada. Sabía que en las últimas semanas él había estado lidiando con su enfermedad, pero el golpe no fue menos cruel. Tuve que regresar a Xalapa en calidad de emergencia. Durante esas cinco largas horas de viaje, desfilaron por mi mente las imágenes de la amistad que unía a ambas familias desde la primera mitad del siglo XX y, sobre todo, mis cuatro años de relación maestro-alumno en la carrera de Historia, donde tuve el privilegio de ser su estudiante a lo largo de los ocho semestres de la licenciatura.
Francisco Rubén Córdoba Olivares fue hijo de don Francisco Córdoba Ladrón de Guevara (1911–1996) y de Victoria Olivares. El matrimonio tuvo dos hijos; Francisco Rubén nació en Xalapa el 2 de diciembre de 1938. Cursó la primaria en el Centro Escolar Revolución. Su primera carrera la realizó en la Escuela Normal Veracruzana “Enrique C. Rebsamen”, donde obtuvo el título de profesor de primaria. En 1960 ingresó a la Escuela de Antropología de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Universidad Veracruzana. En 1964 se diplomó como experto en desarrollo de comunidad por la Organización de Estados Americanos. En 1968 obtuvo el grado de maestro en antropología con la tesis *Los totonacos de la Región de Huehuetla, Puebla. Localización de algunos problemas sociales y económicos*. Fue investigador del Instituto Nacional Indigenista y, en ese mismo año, se incorporó como docente de la carrera de antropología, además de fungir como investigador del Museo de Antropología. Entre 1975 y 1988 dirigió la Facultad de Antropología. Uno de sus últimos proyectos de investigación fue “Un análisis de la conformación regional en la Cuenca Baja del Papaloapan”, realizado en el marco de un convenio Universidad Veracruzana–CONACYT, coordinado por el Dr. José Velasco Toro y la Dra. Guadalupe Vargas, del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales. Dicho proyecto generó diversos productos académicos, entre libros y tesis de grado de los becarios participantes.
Para mí, Francisco Rubén Córdoba Olivares no era un desconocido al llegar a la Facultad de Historia. Nuestras familias se conocían y eran vecinas en el barrio del Calvario. La familia Córdoba Ladrón de Guevara residían en la avenida Revolución, a la altura de la iglesia del Calvario. Su tía, la maestra Lina Córdoba de Hernández Pozada, había sido profesora de primaria de mis hermanas y de mía. Al ingresar a la Facultad de Historia, no solo encontré a un nuevo catedrático, sino a un amigo de toda la vida, pues nuestra amistad se remontaba a la infancia y la adolescencia. El barrio del Calvario, desde el siglo XVIII, ha sido el lugar elegido por los pobladores de Naolinco para establecerse en la Xalapa virreinal.
Córdoba Olivares gozó de pocos años de jubilación. Regresó a Naolinco, tierra de sus antepasados, por un par de años. Tras varios meses de lucha contra la enfermedad, el domingo 10 de septiembre de 2006 su corazón dejó de latir. Un par de meses antes habíamos sostenido nuestra última larga conversación en el emblemático el Árbol;( Av Revolución y calle de Abasolo) en ella, él ya tenía muy claro que la muerte se aproximaba, y también mostraba su desilusión por el fraude electoral que él percibía en los comicios de 2006. Esa fue una conversación extensa, en la que repasó la historia que le había tocado vivir. En ese momento no tuve la inteligencia para comprender que se trataba de su despedida de este mundo.
Córdoba Olivares no fue únicamente el maestro dentro del salón de clases; fue también guía en la vida de decenas de estudiantes universitarios, a quienes ofreció consejo sabio y amistad leal, siempre con la mano franca para respaldar sus proyectos académicos y laborales. Su muerte fue prematura: su corazón dejó de latir a los sesenta y siete años, a pesar de que sus familias paterna y materna gozaban de longevidad. Misterios de la vida.
Tras dirigir la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana durante más de una década (1975–1988), su carga académica se trasladó a la carrera de Historia, bajo la dirección del Mtro. Manuel Bautista Mercado. Fue así como mi generación —la de 1988–1992— tuvo el privilegio de contar con él como profesor de tiempo completo. Disfrutamos de viajes de estudio, salidas al cine, presentaciones de libros y congresos, trabajo de campo. A lo largo de ocho semestres, nos dictó cátedra desde la Prehistoria y Mesoamérica hasta los siglos XVI al XX. También compartimos con él cada una de las anécdotas del perro de la tía Adelina. Sus clases, impartidas por nuestro querido Paco —o Paquito, como muchos lo llamaban cariñosamente—, eran verdaderas puestas en escena teatrales, alimentadas por su pasión por la historia y su formación dramatúrgica. El aula entera se convertía en un escenario. Llevo en el corazón aquellas sesiones sobre el México del siglo XIX, en especial cuando abordamos el imperio de Maximiliano de Habsburgo. Aprendimos de memoria los diálogos de Carlota, tomados de *Noticias del Imperio* (1987) de Fernando del Paso. Paco Córdoba recitaba la presentación de la emperatriz como un primer actor; nosotros, sus alumnos, permanecíamos en silencio, absortos, escuchando al maestro dar la introducción al México del Segundo Imperio.
La facultad que él amó y dirigió, la de Antropología, honró su memoria el 31 de octubre de 2017, colocando su nombre a uno de sus salones. En un emotivo acto, su hija Victoria Córdoba descubrió la placa conmemorativa, acompañada por el entonces director de la facultad, el doctor Sergio Rafael Vázquez Zárate (1963-2024), quien también fuera su alumno. Ese gesto institucional selló, con cariño y respeto, el legado de un maestro que supo combinar la excelencia académica con la calidez humana.


