PIENSO, LUEGO ESCRIBO
Los colores y sabores de septiembre se desparramaban en la cocina colonial de Eduviges, la mandamás en ese territorio de la enorme residencia de los Cortázar Fernández, en el exclusivo barrio San Ángel, al Sur de la metrópoli azteca.
Había preparado para la cena de esa noche, un delicioso pozole al estilo Jalisco. De la olla de barro, salía un tenue humo y el aroma inconfundible que perturbaba los sentidos. El bastimento ya estaba en pequeñas vasijas de talavera poblana. Rábano, cebolla, limón, chile piquín y suficientes tostadas. Más una vitrolera con agua de jamaica
Eduviges poseía la sazón y la magia de las grandes cocineras tradicionales, su memoria era un almacén bien ordenado de recetas ancestrales de la gastronomía nacional.
Hasta el interior del feudo de Eduviges, se filtraba el sonido de un equipo de música empotrado en el comedor familiar. Una canción de José Alfredo Jiménez, Si nos dejan, interpretada con la singular voz de Luis Miguel, clásica de esta época de exaltación de la mexicanidad.
Eduviges cuchareó por tercera vez la olla y probó el caldo del pozole, estaba en su punto, como le gustaba al señor Severiano, decidió dejarlo a fuego bajo. Un ruido en el comedor la puso en alerta, caminó apresurada para ver lo que ocurría. Era Severiano, su patrón, estaba nervioso sentado en un sillón cerca de la imponente mesa labrada en madera de caoba chiapaneca.
Severiano Cortázar Villalón, un acaudalado empresario restaurantero, sostenía en su mano derecha el teléfono que vibraba cada segundo. Le estaban entrando mensajes de aplicaciones de las redes sociales. Amigos, empleados, familiares, intentando comunicarse. Él solo mostraba una cara de disgusto y consternación.
Preocupada y curiosa, Eduviges se acercó a Severiano y le cuestionó, ¿Qué le pasa señor?, ¿por qué viene tan alterado?. ¡Las cosas andan de la fregada Eduviges!, la incertidumbre nos está matando, no podemos estar tranquilos un rato. Fíjate, está circulando a gran velocidad la noticia del multihomicidio de Ecatepec.
El suceso había conmocionado a la opinión pública, rebasaba los límites de la normalizada inseguridad. Era una muestra brutal de la descomposición social, la decadencia de los valores humanos y también de la desatención de la salud mental de la población.
El México bárbaro camina junto a nosotros Eduviges, nunca nos abandonó. Las temporadas de zopilotes, se quedaron como las festividades patronales. La nota roja ya rebasó hace tiempo a los espacios de las secciones de sociales y cultura. Los crímenes son parte de la cotidianidad, la violencia diaria tolerada por una sociedad complaciente, absorta por la comunicación digital y la obsesión por la comodidad y la posesión de bienes.
De acuerdo con la estadística oficial, se estaba reduciendo la incidencia de los delitos de alto impacto, pero seguía fuerte la sensación de inseguridad de los ciudadanos. El factor demográfico pega, pero no justifica la exasperante situación. A este paisaje oscuro, se agregan los crímenes políticos. La barbarie sigue en la política mexicana, como cáncer incurable. En estos meses antes de iniciar un nuevo ciclo electoral, los ánimos se caldean, el ambiente se enrarece y las presiones suben. Los demonios andan sueltos, solían decir antes. El terreno está fértil para los reacomodos, las alineaciones y hasta las purgas negociadas o forzadas en los grupos de facinerosos, que han hecho de la política su modus vivendi. El presupuesto público es el suculento botín, el principal objetivo y móvil de los cruentos enfrentamientos y guerra sucia entre partidos y grupos. Hasta la próxima.
Septiembre 6 de 2026
*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.
*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.


