PIENSO, LUEGO ESCRIBO
Esta semana regreso a la imponente y desquiciante Ciudad de México, por motivos de salud. Pero me dieron ganas de escribir, antes del viaje, el texto anual del Día del Abogado. Los anteriores estaban reeditados con algunas modificaciones y adiciones únicamente, porque no han perdido su vigencia o conexión con la realidad.
Licenciado en Derecho, una de las carreras universitarias de mayor tradición y proyección en el pasado reciente de este País. Ahora con una imagen social deteriorada y pauperizada, las causas o factores que la empujaron al desprestigio pueden ser varias, pero una determinante, fue que no pudo salvarse, como la mayoría de las profesiones, del letal cáncer llamado corrupción.
Es que resulta imposible no resbalar y caer o ceder al embrujo de la corrupción, hasta los más impolutos litigantes debían someterse a los perversos arreglos o transas, perdón, reglas no escritas del procedimiento judicial, que requería de un poquito de gracia, aparte de conocimientos del derecho, habilidad y talento para el litigio. Porque los hay, con vocación, estudiosos, capaces y con ética para ejercer la abogacía.
Para cambiar el discurso de los anteriores textos, esta vez hago visible mi percepción o perspectiva de la posición, que asumieron los gremios de abogados y litigantes independientes. Según mi visión, en general, los abogados y sus organizaciones decidieron mantenerse al margen de la controversia o actuar con la debida discreción. Otros guardaron silencio y algunos mostraron su inconformidad y fueron combativos.
Desde luego, como sucede en los juicios, cada actor o parte, juega sus cartas, tiene sus estrategias o procede de acuerdo con su conveniencia para proteger sus intereses. No se observaron en el trance de los debates y aprobación de la reforma, manifestaciones o plantones de las agrupaciones de abogados para inconformarse o repudiar el proyecto. Tampoco hubo una participación abrumadora y trascendente en los foros de análisis y discusión.
Menos se vieron en actos de protesta, en solidaridad con los trabajadores del Poder Judicial, que dieron una férrea lucha contra la reforma, para lo cual tomaron las instalaciones y calles de grandes ciudades de la República.
Fue entonces, una posición bien pensada, digamos moderada, o conveniente la de los abogados, de no involucrarse demasiado en el debate y conflictos derivados de la reforma. Ubicarse en un lugar neutral para no comprometerse, cuidando de no salir raspados o exhibidos por su complacencia y complicidad con las redes de corrupción que operan en el sistema judicial. Una situación de sobra conocida, pero preferible encubrirla o incluirla en el arte mexicano de la simulación.
Lo mejor, pecando de idealista, es que se recuperen los valores de la honestidad, la ética y la moral en el ejercicio de la profesión. Que el abogado sea un verdadero garante de la Justicia y el Estado de Derecho, extraviados hace mucho tiempo. Que se recobren el respeto, el prestigio y la admiración por su labor y compromiso social. Se ve difícil la tarea, pero es necesario hacerla bien, para contribuir a restaurar el tejido comunitario y favorecer la armonía, la paz y la seguridad. Hasta la próxima.
Julio 8 de 2025
*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.
*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.


