EL 1 DE NOVIEMBRE celebramos en la liturgia Católica a TODOS LOS
SANTOS. Ese día invocamos no solo a los santos canonizados que aparecen
en la lista del calendario litúrgico, sino también a todos aquellos que no
conocemos o que no se mencionan, pero que también han alcanzado la
santidad. Seguramente será un grupo numeroso.
La santidad se construye todos los días haciendo la voluntad de Dios en el
ejercicio de nuestras responsabilidades. Muchas personas, en el silencio de su
hogar, en sus tareas cotidianas, en su oficina, desde su empresa, entre sus
familiares y amigos, son testimonios vivientes de los valores del evangelio.
Los santos que veneramos vivieron en grado heroico las virtudes cristianas; la
Iglesia nos los propone como modelos seguros para llegar a Dios y por otra
parte como nuestros firmes intercesores ya que siendo amigos de Dios,
gozando de su cercanía y participando de la comunión con él
permanentemente, nos pueden alcanzar gracias abundantes.
Ciertamente la idea de santidad sólo se comprende desde Dios. Dios es el
único santo, y porque él es santo a él se le debe todo el honor y la gloria; a él la
alabanza y la adoración. La Palabra de Dios nos hace esta hermosa
exhortación: “sean santos, porque yo Yahvé su Dios soy Santo” (Lv 19, 2) Y
cuando nos relata la vocación del profeta Isaías los querubines repiten Santo,
Santo, Santo (Is 6, 3). Por medio de Jesucristo su hijo, Dios el Padre celestial
nos ha participado su santidad; Dios es el que nos santifica.
Dios no se resigna con nuestra condición humana muchas veces penosa y
humillada; Él desea salvar a toda la humanidad. Él nos quiere dichosos y
felices y por eso nos llama a la Santidad. En el sermón de la montaña, con las
bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) Jesucristo nos ha enseñado cómo uno puede
construir el camino justo para llegar al cielo, pero también cómo puede
construir en este mundo una ciudad terrena digna de la persona. Las
bienaventuranzas nos muestran el camino que ha recorrido Jesús y todos los
santos para llegar al cielo. Ellas nos muestran el ideal de la vida cristiana.
El día 2 DE NOVIEMBRE, recordamos a TODOS LOS DIFUNTOS. La
comunidad cristiana lo llama Día de muertos y lo vive de muchas maneras. Ese
día en la Iglesia hacemos oración por nuestros hermanos difuntos porque
delante de Dios, ellos están vivos. A eso se debe que el lugar donde
ordinariamente reposan los restos de los que ya murieron, se le llama
“cementerio” (esta palabra de origen griego significa dormitorio). La oración que
hacemos por los difuntos, es para suplicar la misericordia divina por ellos; para
que Dios perdone todas sus culpas y los pecados que en vida no hayan podido
reconciliar como lo recomienda también la Palabra de Dios (Cfr 2 Mac 12, 45).
En el día de muertos, recordamos a todos los difuntos, de manera especial a
todas las víctimas de la violencia y del COVID-19, que en nuestro país
lamentablemente han sido numerosos. Sea por que la violencia sigue siendo
un problema incontrolado o porque por una mala estrategia de salud muchas
personas han fallecido. La muerte ha traído luto y dolor en los hogares, ha
sembrado desconfianza en las personas y en las instituciones.
Junto con toda la Iglesia, el día de los difuntos pedimos para que Dios tenga
misericordia de ellos y los lleve a gozar del cielo; estas oraciones nos
recuerdan además que somos mortales y que estamos de paso por este
mundo y que un día también nosotros hemos de morir y por lo tanto
necesitaremos que otros oren por nosotros para que también alcancemos la
misericordia y contemplemos con gozo el rostro de Dios.
Por todo esto junto con toda la Iglesia decimos esta jaculatoria: “Que las almas
de nuestros fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en
paz”.
Pbro. José Manuel Suazo Reyes
Director
Oficina Comunicación Social
Arquidiócesis de Xalapa


