LA RESACA FINANCIERA DE LA CUARTA TRANSFORMACIÓN

Expresión Ciudadana

Durante años, los gobiernos de la Cuarta Transformación presumieron austeridad, disciplina financiera y un manejo responsable de los recursos públicos. Nos aseguraron que México podía financiar grandes proyectos, ampliar programas sociales y atender las necesidades de la población sin comprometer la estabilidad económica.

Sin embargo, los números comienzan a exhibir una realidad mucho más incómoda: el gobierno tiene cada vez más obligaciones, una deuda creciente y menos recursos disponibles para responder a los problemas del país. 

La pregunta ya no es cuánto dinero recauda México, sino cuánto le queda después de pagar los compromisos que ha acumulado.

En política resulta relativamente sencillo prometer obras, anunciar inversiones multimillonarias y multiplicar compromisos sociales. 

Lo verdaderamente complicado es garantizar que existan recursos suficientes para sostenerlos. 

Los discursos pueden modificarse, las cifras pueden presentarse de distintas maneras y los funcionarios pueden insistir en que todo marcha conforme a lo previsto, pero hay una realidad que ninguna conferencia de prensa puede cambiar: los ingresos tienen límites y las deudas, tarde o temprano, deben pagarse.

México enfrenta precisamente ese dilema. El problema no apareció de la noche a la mañana ni puede atribuirse exclusivamente a una administración. Existen presiones financieras acumuladas durante décadas, obligaciones pensionarias y dificultades estructurales para incrementar la recaudación. Sin embargo, eso no libera de responsabilidad al gobierno de Claudia Sheinbaum, que decidió dar continuidad a buena parte del modelo económico y presupuestario de su antecesor. La continuidad política también significa asumir los costos de las decisiones anteriores, corregir sus errores y reconocer cuando las condiciones económicas obligan a cambiar de rumbo.

Las cifras oficiales permiten comprender la magnitud del problema. De acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), durante el primer trimestre de 2026 los ingresos presupuestarios del sector público disminuyeron 0.7% en términos reales, mientras el gasto neto total aumentó 2.6%. Como consecuencia, el déficit presupuestario alcanzó los 207 mil 300 millones de pesos, un incremento real de 60.5% respecto del mismo periodo de 2025. En otras palabras, mientras los ingresos perdían fuerza, las obligaciones del gobierno continuaban creciendo. 

Una combinación que difícilmente puede considerarse una señal de tranquilidad financiera.

La deuda pública representa otra de las grandes preocupaciones. Según el mismo organismo, al 31 de marzo de 2026 la deuda bruta del sector público federal ascendía a 20.1 billones de pesos, equivalentes al 53.9% del Producto Interno Bruto. 

Por su parte, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público, que utiliza una medición distinta, se ubicó en 18.8 billones de pesos. 

Son cantidades que deberían provocar una discusión nacional mucho más seria sobre el destino de los recursos públicos y los resultados que están generando.

Endeudarse no es necesariamente un error. Los gobiernos pueden utilizar financiamiento para construir carreteras, hospitales, escuelas e infraestructura que impulse la economía. El problema comienza cuando una proporción importante del presupuesto debe destinarse a pagar compromisos anteriores, mientras disminuyen los recursos disponibles para nuevas inversiones. Entonces la deuda deja de funcionar únicamente como una herramienta de desarrollo y comienza a convertirse en una limitación para el crecimiento del país.

Y las cifras son contundentes. México Evalúa documentó que, durante el primer semestre de 2026, el costo financiero de la deuda alcanzó los 693 mil 470.6 millones de pesos. Para dimensionar semejante cantidad, ese monto equivalió aproximadamente al 28% de lo recaudado conjuntamente por el Impuesto Sobre la Renta y el Impuesto al Valor Agregado durante el mismo periodo. 

Esto no significa que dichos impuestos se destinen exclusivamente a pagar intereses, pero sí demuestra el enorme peso que representan las obligaciones financieras sobre los recursos nacionales.

Aquí aparece una de las contradicciones más preocupantes de la política económica gubernamental. Mientras se destinan cantidades multimillonarias al servicio de la deuda, millones de mexicanos siguen enfrentando deficiencias en hospitales, escuelas, carreteras y servicios públicos. El gobierno presume estabilidad financiera, pero esa estabilidad pierde significado cuando no se traduce en mejores condiciones de vida. No basta con asegurar que las cuentas están bajo control si las necesidades fundamentales de la población continúan sin resolverse.

A este panorama se suma la debilidad de la recaudación. Durante el primer semestre de 2026, los ingresos tributarios crecieron apenas 0.4% real respecto del mismo periodo del año anterior, según México Evalúa. El dato refleja las dificultades para incrementar los recursos públicos en una economía que no ha logrado generar suficiente dinamismo.

Pretender resolver el problema únicamente mediante una fiscalización más intensa sería insuficiente. México necesita empresas productivas, inversión privada, empleos formales y crecimiento económico, no solamente mecanismos cada vez más estrictos para cobrar impuestos.

Otro aspecto especialmente preocupante es la reducción de la inversión pública. De acuerdo con información de la Secretaría de Hacienda difundida por El Economista, durante los primeros cuatro meses de 2026 la inversión física registró una caída real anual de 18.4%, mientras el gasto programable aumentó 1.4%. 

La diferencia es reveladora: el gobierno continúa destinando recursos a sus compromisos de funcionamiento, pero reduce inversiones indispensables para ampliar la infraestructura y fortalecer la capacidad productiva del país.Las consecuencias pueden ser graves. Cuando se pospone la construcción de hospitales, el mantenimiento de carreteras, la modernización de escuelas o la ampliación de infraestructura hidráulica, el supuesto ahorro presupuestario termina convirtiéndose en un problema mayor. 

Las necesidades no desaparecen porque se elimine una partida del presupuesto. Por el contrario, se acumulan, se encarecen y finalmente afectan a los ciudadanos. Ahorrar sacrificando inversiones necesarias no es necesariamente administrar mejor; en muchos casos significa trasladar los problemas a los próximos gobiernos.

Los programas sociales también forman parte de esta discusión. Su importancia para millones de familias es innegable, especialmente en un país marcado por profundas desigualdades. Sin embargo, ningún programa puede sostenerse indefinidamente sin fuentes de financiamiento estables. El verdadero desafío consiste en garantizar los apoyos sin comprometer servicios esenciales ni trasladar cargas financieras desproporcionadas a las futuras generaciones. Una política social responsable no debería limitarse a distribuir recursos, sino contribuir a crear condiciones para que las personas tengan mayores oportunidades de desarrollo económico.

Mientras tanto, Hacienda insiste en que sus decisiones buscan preservar una trayectoria sostenible de deuda, mantener los programas sociales y controlar el gasto operativo. Incluso ha destacado que el déficit presupuestario se ha ubicado por debajo de determinadas previsiones. Pero cumplir una meta contable no significa necesariamente haber resuelto los problemas financieros. Durante los primeros cinco meses de 2026, el gasto fue casi 418 mil millones de pesos inferior al calendario presupuestario, mientras los ingresos también quedaron por debajo de lo esperado. La contención del gasto puede mejorar temporalmente los indicadores, pero también exige revisar qué inversiones y servicios dejaron de recibir recursos.

El problema de fondo es que México necesita gastar mejor, no simplemente gastar menos en determinadas áreas. La salud pública requiere medicamentos, especialistas, equipamiento e instalaciones adecuadas. La educación necesita capacitación docente, mantenimiento escolar y mejores condiciones para el aprendizaje. La seguridad exige instituciones profesionales, tecnología y recursos operativos. Ninguna de estas responsabilidades puede resolverse únicamente con discursos de austeridad, anuncios oficiales o reasignaciones presupuestarias de última hora.

Tampoco pueden ignorarse los costos de los subsidios y estímulos fiscales. En octubre de 2026 se reportó que los apoyos destinados a contener aumentos en los precios de gasolinas y diésel habían representado un costo fiscal superior a 80 mil millones de pesos. Aunque estas medidas pueden contribuir a proteger temporalmente a consumidores y sectores productivos, también representan recursos que dejan de estar disponibles para otros objetivos. Cada decisión presupuestaria tiene un costo, y el gobierno debería explicar con transparencia quién se beneficia, cuánto cuesta y cuáles son sus resultados.

La administración de Claudia Sheinbaum enfrenta así una responsabilidad que no puede seguir resolviéndose mediante explicaciones políticas. Necesita revisar la eficiencia del gasto, evaluar la rentabilidad económica y social de los grandes proyectos federales, combatir el desperdicio de recursos y fortalecer las condiciones para la inversión. También corresponde al Congreso de la Unión ejercer una vigilancia efectiva sobre el presupuesto, exigir resultados verificables y evitar que la aprobación de recursos se convierta en un simple trámite de respaldo al Ejecutivo.

Porque la verdadera austeridad no consiste en recortar recursos indiscriminadamente ni en presumir ahorros que después se traducen en carencias. Consiste en utilizar el dinero público con responsabilidad, eliminar gastos innecesarios, combatir la corrupción y garantizar que cada peso destinado a una política pública produzca beneficios reales. Un gobierno que presume disciplina financiera debería ser capaz de demostrar no solamente cuánto gasta, sino qué resultados obtiene y cómo pretende financiar sus compromisos futuros.

La Cuarta Transformación prometió hacer más con menos, pero ahora enfrenta las consecuencias de una realidad que durante años pareció minimizar: el dinero público no es inagotable. La deuda debe pagarse, las pensiones deben financiarse, los programas sociales requieren recursos permanentes y la infraestructura necesita inversiones constantes. Pretender cumplir todas esas obligaciones sin fortalecer suficientemente la economía representa un riesgo que México no debería ignorar.

Lo verdaderamente preocupante es que las consecuencias de una política financiera equivocada rara vez recaen sobre quienes toman las decisiones. Las facturas terminan llegando a los hospitales sin medicamentos, a las escuelas deterioradas, a las empresas que enfrentan mayores dificultades para invertir y a las familias que deben soportar servicios deficientes.

Al final, la pregunta ya no es solamente si al gobierno se le está acabando el dinero. La pregunta es cuánto terminará pagando México por sostener un modelo que multiplica compromisos sin generar, al mismo ritmo, la riqueza necesaria para financiarlos. Porque cuando se agota el margen financiero de un gobierno, quienes terminan pagando la resaca son los ciudadanos.

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