La crisis del docente frente a la inteligencia artificial
Expresión Ciudadana
Carlos A. Luna Escudero
La inteligencia artificial está poniendo en evidencia una de las mayores contradicciones de nuestro sistema educativo: mientras la tecnología avanza a una velocidad extraordinaria, buena parte de nuestras escuelas continúa enseñando con métodos que pertenecen al siglo pasado.
Hoy, cualquier estudiante puede obtener en segundos una explicación matemática, resolver un problema, traducir un texto, elaborar un ensayo o consultar prácticamente cualquier conocimiento disponible.
Entonces surge una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿de qué sirve un profesor cuando una máquina puede explicar, responder y producir información más rápido que cualquier ser humano?
La respuesta obliga a cuestionar no solamente el papel del maestro, sino la estructura completa de un modelo educativo que durante décadas confundió enseñar con transmitir información y aprender con memorizar contenidos.
Durante generaciones, el profesor fue considerado la principal fuente del conocimiento dentro del salón de clases. Su palabra representaba autoridad y el estudiante debía escuchar, copiar, repetir y aprobar exámenes. Sin embargo, ese monopolio de la información terminó. Internet primero y la inteligencia artificial después derrumbaron las paredes del aula tradicional.
Hoy, el alumno puede acceder a explicaciones, simulaciones, bibliotecas digitales y sistemas capaces de adaptar respuestas a sus necesidades. El problema es que muchas escuelas siguen funcionando como si nada hubiera cambiado. Se continúa privilegiando la memorización, la repetición mecánica y las tareas que ahora pueden resolverse con una simple instrucción a una plataforma digital. Si un profesor únicamente dicta apuntes, repite lo que aparece en un libro y exige respuestas que una inteligencia artificial puede generar en segundos, entonces su función educativa necesita una revisión profunda.
Pero sería un error concluir que la tecnología vuelve innecesarios a los maestros. Lo que está quedando obsoleto no es la profesión docente, sino una determinada manera de ejercerla.
La inteligencia artificial puede proporcionar información, pero no sustituye por completo el juicio pedagógico, la responsabilidad ética, el acompañamiento emocional ni la capacidad humana para comprender las circunstancias sociales y familiares de un estudiante.
Puede explicar una ecuación de distintas maneras, pero no necesariamente identificar por qué un niño ha perdido el interés por aprender, qué dificultades enfrenta en su hogar o cómo ayudarlo a recuperar la confianza en sus capacidades. La verdadera función del docente ya no puede limitarse a enseñar respuestas: debe consistir en formar personas capaces de formular preguntas, analizar información, detectar errores, argumentar y construir conocimientos propios.
Aquí aparece otra contradicción. Se exige a los maestros preparar a los estudiantes para un mundo dominado por la tecnología, pero con frecuencia no se les proporciona la formación necesaria para comprenderla y utilizarla pedagógicamente. Comprar computadoras, instalar pantallas digitales o anunciar plataformas educativas no equivale a modernizar la enseñanza.
La transformación comienza cuando el profesor comprende cómo aprenden sus alumnos, identifica sus dificultades, domina su disciplina y sabe utilizar las herramientas tecnológicas para fortalecer el razonamiento. Sin esa preparación, la inteligencia artificial corre el riesgo de convertirse en una maquinaria para producir tareas, multiplicar respuestas superficiales y simular aprendizajes que nunca ocurrieron.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) publicó en 2024 un marco de competencias en inteligencia artificial para docentes que identifica 15 capacidades distribuidas en cinco dimensiones, entre ellas la ética, la pedagogía y el desarrollo profesional. No se trata únicamente de aprender a manejar programas, sino de comprender sus limitaciones y utilizarlos con responsabilidad.
La propia organización advierte que muchos países todavía carecen de programas nacionales adecuados de formación docente en esta materia. El mensaje es contundente: no basta con introducir inteligencia artificial en las escuelas; es indispensable preparar a quienes tienen la responsabilidad de enseñar.
En México, el desafío resulta todavía más complejo porque la revolución digital convive con profundas desigualdades sociales. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares 2025, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 86.1% de la población de seis años y más utilizaba internet, equivalente a 104.9 millones de personas. Pero conectarse no significa saber investigar, interpretar datos o distinguir información verdadera de contenidos manipulados. Mucho menos significa contar con las mismas oportunidades educativas.
Estamos confundiendo acceso a la tecnología con acceso al conocimiento, cuando son dos cosas profundamente distintas.
En Veracruz, esta discusión adquiere especial gravedad. La entidad arrastra desigualdades territoriales que condicionan cualquier intento de transformación tecnológica.
Según los datos de 2024 incorporados al Programa de Cobertura Social 2026, solamente el 64% de los hogares veracruzanos tenía acceso a internet, frente al 73.6% nacional.
¿Cómo hablar de educación apoyada en inteligencia artificial cuando una proporción importante de familias todavía enfrenta limitaciones de conectividad? ¿Cómo exigir innovación a profesores que trabajan en comunidades rurales, escuelas multigrado o planteles con recursos insuficientes? La tecnología puede ampliar las oportunidades de aprendizaje, pero también profundizar las diferencias entre quienes tienen acceso a ella y quienes permanecen excluidos.
Tampoco podemos ignorar la responsabilidad de las autoridades educativas. La Secretaría de Educación Pública y las autoridades estatales necesitan demostrar que sus programas de actualización docente responden verdaderamente a las exigencias del siglo XXI. La discusión no debería reducirse a entregar dispositivos, impartir cursos aislados o presentar plataformas digitales como grandes innovaciones.
Lo indispensable es una política permanente de formación pedagógica, alfabetización digital, evaluación del aprendizaje y acompañamiento a los profesores.
De poco sirve disponer de herramientas extraordinarias si se continúa enseñando mediante procedimientos que desalientan la curiosidad, castigan el error y privilegian la repetición sobre el razonamiento.
Existe, además, un peligro que pocas veces se discute con suficiente seriedad: la inteligencia artificial puede facilitar que los estudiantes aprueben sin aprender. Un alumno puede presentar un ensayo impecable sin haber comprendido su contenido, resolver ejercicios sin conocer el procedimiento o entregar investigaciones que nunca realizó.
Si las escuelas siguen evaluando exclusivamente el producto final, terminarán calificando la capacidad de una herramienta y no el aprendizaje del estudiante. Por eso, el profesor debe recuperar una función esencial: observar cómo piensa el alumno, pedirle que explique sus decisiones, cuestionar sus argumentos, identificar sus errores y comprobar que puede aplicar sus conocimientos sin depender permanentemente de una pantalla.
La pedagogía también tendrá que transformarse.
El aprendizaje significativo no consiste en acumular información, sino en relacionar los nuevos conocimientos con lo que el estudiante ya sabe, comprende y experimenta. Un profesor competente no solamente explica un tema: identifica los conocimientos previos de sus alumnos, plantea problemas relevantes, organiza experiencias de aprendizaje y comprueba que lo aprendido puede utilizarse en situaciones diferentes.
La inteligencia artificial puede contribuir a ese proceso mediante ejercicios personalizados, simulaciones y materiales adaptados, pero no debe convertirse en sustituto del esfuerzo intelectual. Cuando la tecnología hace todo por el alumno, la escuela corre el riesgo de producir estudiantes capaces de entregar trabajos, pero incapaces de defender sus propias ideas.
También debemos cuestionar la formación inicial de los docentes. Las escuelas normales y las universidades encargadas de preparar profesores necesitan revisar sus programas académicos.
Ya no es suficiente dominar contenidos disciplinarios ni conocer teorías pedagógicas de manera superficial.
El nuevo docente debe comprender los procesos cognitivos, las dificultades de aprendizaje, la diversidad de sus estudiantes, la evaluación formativa y las implicaciones éticas de las tecnologías digitales.
Necesita aprender a enseñar en un mundo donde la información abunda, pero la atención, la comprensión profunda y el pensamiento crítico no están garantizados.
Y para lograrlo requiere tiempo, condiciones laborales adecuadas y formación continua, no solamente nuevas exigencias administrativas.
El debate de fondo tampoco consiste en decidir si los profesores deben competir contra las máquinas. Sería absurdo. Una herramienta tecnológica puede procesar cantidades enormes de información, pero la educación implica mucho más que proporcionar datos. Significa desarrollar criterio, sensibilidad, responsabilidad, creatividad y capacidad para convivir con los demás.
Significa enseñar a distinguir entre una respuesta convincente y una respuesta correcta, entre una opinión y una evidencia, entre utilizar una herramienta y depender intelectualmente de ella.
La inteligencia artificial también puede equivocarse, reproducir prejuicios y presentar información falsa con aparente seguridad.
Precisamente por eso necesitamos profesores capaces de enseñar a cuestionarla.
La educación mexicana enfrenta una decisión trascendental. Puede continuar acumulando reformas, discursos y anuncios tecnológicos sin modificar lo que sucede dentro del salón de clases, o puede asumir que la profesión docente necesita una transformación profunda, acompañada de inversión, capacitación y mejores prácticas pedagógicas. No se trata de responsabilizar exclusivamente al maestro por los problemas del sistema, pero tampoco de considerar intocables los métodos de enseñanza que ya no responden a las necesidades de los estudiantes.
¿De qué sirve entonces un profesor en la era digital? Sirve para aquello que ninguna plataforma debería decidir por nosotros: formar el juicio, estimular la inteligencia, desarrollar la conciencia crítica y ayudar a que cada estudiante aprenda a pensar por sí mismo.
Pero esa función exige maestros preparados, actualizados y dispuestos a transformar su práctica. La autoridad del docente ya no puede descansar únicamente en poseer información, sino en su capacidad para convertirla en conocimiento y ese conocimiento en aprendizaje.
La inteligencia artificial no representa necesariamente el final de los profesores.
Representa el final de una época en la que bastaba con transmitir contenidos para afirmar que se estaba educando. El verdadero peligro no es que una máquina sustituya al maestro, sino que nuestras escuelas continúen formando alumnos que necesitan una máquina para pensar. Y si la educación no consigue evitarlo, habremos fracasado en su propósito más importante: enseñar a los seres humanos a utilizar su propia inteligencia.

