Expresión Ciudadana
Hace apenas unos días advertíamos en este espacio sobre una cifra alarmante: al menos 4.5 millones de jóvenes mexicanos de entre 15 y 29 años no estudian ni trabajan, de acuerdo con el estudio Jóvenes en México 2026. Hablábamos de oportunidades desperdiciadas, precariedad y de una generación a la que el país está fallando.
Pero detrás de esa cifra existe una pregunta todavía más inquietante: ¿qué sucede cuando los jóvenes no sólo pierden oportunidades, sino también la esperanza en el futuro? Cuando estudiar ya no garantiza un buen empleo, trabajar no alcanza para construir patrimonio y el esfuerzo no asegura una vida mejor, algo mucho más profundo comienza a romperse.
Hay algo profundamente preocupante en una sociedad cuando sus jóvenes dejan de hablar del mañana. Durante generaciones, crecer significaba avanzar hacia alguna parte: la infancia era descubrimiento; la juventud, proyectos; la edad adulta, responsabilidades y conquistas; y la vejez, recuerdos. Pero algo cambió. El presente se ha vuelto demasiado pesado y el futuro demasiado incierto.
Una sociedad puede soportar dificultades económicas, crisis políticas e incluso recuperarse de periodos de violencia.
Lo verdaderamente peligroso comienza cuando pierde la expectativa de que mañana puede ser mejor que hoy.
Los niños deberían vivir fundamentalmente en el presente: jugar, descubrir, equivocarse e imaginar. Sin embargo, demasiados están aprendiendo demasiado pronto palabras que jamás deberían formar parte de su vida cotidiana: violencia, desaparición, extorsión, desplazamiento y pobreza.
Otros han sustituido buena parte del juego por una pantalla. La infancia que alguna vez significó salir a la calle, correr detrás de una pelota y regresar a casa cuando comenzaba a oscurecer transcurre ahora muchas veces entre dispositivos electrónicos, espacios cerrados y padres que sienten miedo de dejarlos salir solos. No es solamente nostalgia: es una transformación profunda en la manera de vivir el presente.
Después vienen los jóvenes, quienes deberían mirar hacia adelante con mayor intensidad. Tendrían que estar pensando en estudiar, trabajar, independizarse, comprar una vivienda, viajar, formar una familia o construir cualquier proyecto que hayan elegido.
Pero ¿qué futuro estamos ofreciéndoles?
Estudiar ya no garantiza movilidad social.
Una licenciatura tampoco asegura un empleo relacionado con lo aprendido. Trabajar no necesariamente permite independizarse.
Ahorrar durante años puede seguir siendo insuficiente para comprar una vivienda y, para millones, la informalidad laboral significa vivir sin seguridad social, estabilidad ni certeza sobre el ingreso del siguiente mes.
Entonces ocurre algo peligroso: el futuro deja de ser una promesa y comienza a convertirse en una amenaza. No sorprende que muchos jóvenes vivan instalados en la inmediatez. No necesariamente porque sean irresponsables o carezcan de ambiciones, sino porque resulta mucho más difícil planear a veinte años cuando ni siquiera existe certeza sobre los próximos cinco. Un país que pide a sus jóvenes construir un proyecto de vida también tendría que ofrecerles condiciones mínimas para hacerlo.
Durante décadas se prometió que estudiar permitiría vivir mejor; que trabajar duro conduciría al progreso; que ahorrar serviría para construir patrimonio y que cada generación tendría mayores oportunidades que la anterior. Esa era, con todas sus imperfecciones, una especie de contrato social.
Hoy ese contrato está seriamente deteriorado.
Hay profesionistas conduciendo vehículos de plataforma porque no encontraron oportunidades en aquello que estudiaron; jóvenes acumulando empleos temporales sin prestaciones; familias que necesitan varios ingresos para sostener una vivienda y personas que trabajan jornadas interminables y aun así tienen dificultades para llegar al final de la quincena.
Y mientras todo eso sucede, desde el poder se insiste en presentar una realidad donde prácticamente todo marcha bien.
Ahí aparece otra ruptura con el tiempo: el discurso político vive obsesionado con el pasado. Llevamos años escuchando explicaciones construidas alrededor de lo que hicieron gobiernos anteriores. El pasado sirve para justificar problemas presentes, repartir culpas y alimentar confrontaciones. Parece que gobernar consiste demasiadas veces en explicar quién tuvo la culpa ayer, en lugar de decir qué se hará para que mañana sea diferente.
El pasado importa. Pero gobernar mirando permanentemente por el retrovisor también termina provocando accidentes. La política tendría que administrar el presente para construir el futuro, no vivir eternamente de las heridas del ayer.
Mientras desde el poder se discute quién destruyó qué hace diez, veinte o treinta años, millones de mexicanos están tratando de resolver qué harán mañana para pagar la renta, conseguir medicamentos, encontrar trabajo o garantizar que sus hijos continúen estudiando.
También los adultos han quedado atrapados entre tiempos.
Tener trabajo ya no significa necesariamente estabilidad; tener estudios no garantiza prosperidad y tener experiencia tampoco asegura conservar un empleo.
Y después están los adultos mayores, para quienes el pasado adquiere inevitablemente mayor presencia. Recuerdan ciudades distintas, calles diferentes y otras formas de convivencia. Quizá por eso escuchamos tantas veces aquella frase: “antes no era así”. A veces es nostalgia. Pero no siempre.
Lo preocupante es que esa misma sensación comienza a instalarse entre quienes todavía deberían estar pensando fundamentalmente en lo que viene.
Cuando un joven de veinte años siente que las mejores oportunidades ocurrieron antes de que pudiera aprovecharlas, tenemos un problema. Cuando alguien de treinta renuncia a comprar una casa porque considera imposible pagarla, tenemos un problema.
Cuando una pareja posterga decisiones importantes porque no encuentra estabilidad económica, tenemos un problema. Y cuando los padres creen que sus hijos tendrán menos oportunidades que ellos, tenemos un problema todavía mayor.
Porque el desarrollo de un país no debería medirse únicamente en carreteras, obras inauguradas, programas sociales o discursos oficiales.
También debería medirse en algo mucho más difícil de contabilizar: la cantidad de futuro que una sociedad es capaz de imaginar.
¿Los jóvenes creen que vivirán mejor dentro de diez años? ¿Piensan que podrán construir patrimonio? ¿Confían en encontrar oportunidades gracias a sus capacidades? ¿Creen que sus hijos vivirán en un país más seguro? ¿Sienten que esforzarse todavía vale la pena?
Las respuestas probablemente dicen mucho más sobre el estado real de una nación que cualquier propaganda gubernamental.
Porque gobernar también significa construir expectativas. Un buen gobierno no solamente atiende los problemas del presente: crea condiciones para que las personas puedan imaginar el mañana.
Y quizá ahí se encuentre uno de nuestros mayores fracasos colectivos. Hemos permitido que los niños pierdan parte del presente, que los jóvenes desconfíen del futuro, que los adultos sobrevivan preocupados por llegar al final del mes y que los mayores se refugien cada vez más en el pasado.
Por eso la discusión no debería reducirse a preguntarnos si vivimos mejor o peor que hace algunos años. La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿todavía creemos que vamos a vivir mejor mañana?
Porque el día en que una sociedad responda mayoritariamente que no, habrá ocurrido algo mucho más grave que una crisis económica o una derrota política.
Habrá perdido el futuro.
Y ningún país puede llamarse verdaderamente exitoso cuando sus ciudadanos han dejado de esperarlo.


