LOS ASPIRACIONISTAS

PIENSO, LUEGO ESCRIBO

Felix caminaba por la empinada calle tapizada de piedra. Se acercaba el fin del ciclo escolar, su hijo Saúl lo acompañaba al trabajo, faltaban diez para las ocho de la mañana. ¿Apúrese chamaco!, el cielo está cargado de agua, pronto vendrá la tormenta. Se dirigían al centro del pueblo, junto al mercado tenía una talabartería llamada El Rodeo, era la segunda generación en el negocio.

El oficio Saúl lo había aprendido de su abuelo César, fallecido hace muchos años antes. Su muerte había sorprendido a la familia. En una madrugada de invierno lo encontraron inerte en su recámara, presuntamente víctima de un infarto.

A los quince minutos estaban frente al local. Felix dijo a Saúl, ¡ayúdame a subir la cortina hijo!. Ya en el interior todo se veía como siempre. El amplio mostrador que al mismo tiempo funcionaba como vitrina, exhibía piezas hechas de cuero de la más alta calidad. Don César, había sido reconocido como el mejor en el arte de curtir y crear maravillas con la piel. Su fama era tal que, cuando el Rey de España visitó el País, le hicieron el encargo de elaborar una silla de montar especial para el monarca. Saúl levantó la vista hacia la fotografía colgada en la pared como testimonio.

Felix, hombre mesurado y conciliador, desde cuando era un niño su hijo, había observado su habilidad con las manos. Saúl por iniciativa propia empezó a realizar pequeñas piezas, que vendía como souvenirs, llaveros, portavasos y otros artículos que atraían a los turistas. Ahora, que ya había cumplido los diecisiete años y estaba por terminar el bachillerato, todavía no había decidido qué carrera estudiar en la universidad. No quería una profesión tradicional, porque el mundo estaba cambiando rápido. El medio laboral era complejo e inestable por el intenso desarrollo tecnológico. Temía que su hijo invirtiera cinco años de vida y después tuviera que enfrentar el problema del desempleo.

En la noche, durante la cena, Felix abordó el asunto, directamente preguntó a Saúl ¿hijo, ya pensaste qué vas a hacer después de la prepa?. Él y Florencia, su esposa, se quedaron callados y aguardaron la respuesta. Al instante contestó Saúl, pues les quiero decir que ya he tomado una decisión, no iré a la universidad, mi tirada es capacitarme más y dedicarme al oficio de talabartero. He visto que ese trabajo, ha brindado estabilidad y bienestar a la familia. Así lo sentí con mi abuelo y ahora contigo papá. Los dos fueron mis buenos maestros.

Después remató, llegó mi tiempo, es mi turno y aceptaré el reto de mantener el establecimiento, haré el esfuerzo para que crezca en beneficio de todos. ¿Qué les parece?. Felix y Florencia habían quedado mudos ante el discurso de Saúl, no esperaban una contestación reflexiva y madura.

Florencia en su interior sentía orgullo y alegría, mientras que Felix soltó un suspiro de alivio. Para él, Saúl pensaba bien, con los pies en la tierra y asegurando la continuidad de la redituable empresa familiar. Confiaba en que con su energía y visión, el negocio tendría mayor fortaleza. Y recuerda el buen juicio de los dos, al no presionar, no dirigir, menos imponer una idea o decisión que solo correspondía al único hijo.

Pero lo que en verdad importaba, era que Saúl estaba convencido. El oficio le gustaba, la empresa funcionaba, estaba bien posicionada en el giro y le veía un horizonte promisorio. No sentía el peso del compromiso, el mismo recordaba aquella frase, Si la vida te da limones, haz limonada. ¡Para que buscarle!, decía la abuela Paulina.       

Junio 13 de 2026

*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.

*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.

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