La UV frente al espejo: crisis y oportunidad

Expresión Ciudadana

A mi amigo Raúl Arias Lovillo
Ex rector de la U.V

En colaboración anterior señalamos, sin ambigüedades, que la Universidad Veracruzana atraviesa una crisis profunda que no puede seguir minimizándose ni maquillándose con discursos institucionales.

Hablamos de la pérdida de identidad, del desgaste de su prestigio académico y del deterioro de su credibilidad social. 

Hoy, para complementar ese diagnóstico, es necesario avanzar hacia una reflexión más compleja: no basta con describir la crisis, hay que dimensionar sus implicaciones y, sobre todo, explorar con seriedad las rutas para su reconstrucción.

Porque lo que está en juego no es únicamente el presente de la UV, sino su viabilidad como institución relevante en el futuro inmediato.

Hoy, la más importante institución de educación superior del estado de Veracruz ha perdido totalmente su identidad como universidad de calidad y de prestigio, además de su credibilidad social.

Esta afirmación, que puede parecer contundente, no es una exageración retórica, sino la síntesis de múltiples procesos acumulados a lo largo de los últimos años: decisiones erráticas, falta de inversión estratégica, debilitamiento del cuerpo académico y una desconexión cada vez más evidente con la realidad social y tecnológica.

¿Qué hacer?

Emprender una reforma para recuperar su calidad académica y su prestigio social no será fácil, pero es urgente hacerlo. 

No hacerlo, la UV corre el peligro de adelantar su desaparición como universidad de relevancia y como muchas otras universidades del país que no han sabido reaccionar ante los enormes cambios que han traído las herramientas digitales y, particularmente, la inteligencia artificial. 

Y aquí es donde la discusión adquiere una dimensión aún más crítica: no se trata de una crisis local, sino de una transformación global del conocimiento frente a la cual la universidad veracruzana está llegando tarde.

Como sabemos, el prestigio académico de una universidad se debe a la calidad de sus profesores, de sus investigadores y de sus programas académicos.

Esa tríada —docencia, investigación y vinculación universitaria— constituye el núcleo de cualquier institución seria. 

Afortunadamente, aún existe en la UV una plantilla académica con buenos profesores e investigadores; sin embargo, ese capital humano se encuentra cada vez más limitado por condiciones estructurales adversas.

El rezago en infraestructura, la falta de inversión sostenida y la ausencia de una política clara de fortalecimiento académico han ido erosionando ese potencial. Pero hay un elemento aún más preocupante: los propios académicos han venido perdiendo, en muchos casos, entusiasmo, e impulso innovador. No necesariamente por falta de capacidad, sino por un entorno institucional que no estimula la creatividad ni premia el esfuerzo.

El resultado es predecible: el trabajo académico se burocratiza, se vuelve repetitivo y los resultados, inevitablemente, son adversos.

En este punto, cualquier intento serio de reconstrucción pasa por recuperar al académico como eje de la vida universitaria. No se trata solo de reconocer su importancia, sino de generar condiciones reales para que investigue, innove y participe en la toma de decisiones. 

Sin incentivos claros, sin evaluación efectiva y sin libertad académica activa, no hay reforma posible.

En este contexto, urge cambiar totalmente el llamado Modelo Educativo Integral y Flexible (MEIF), que ya no forma a los estudiantes de manera flexible y mucho menos de manera integral.

El modelo, que en algún momento representó una apuesta modernizadora, hoy se ha convertido en una estructura rígida, desgastada y desconectada de las nuevas dinámicas del aprendizaje.

Ya no es posible pensar en ajustes o reformas parciales al MEIF para que funcione. Ese ciclo está agotado. 

Lo que se requiere es construir otra vía de formación educativa, un nuevo modelo que parta de las realidades actuales y no de inercias del pasado, pero que además tenga un principio rector claro: responder a las necesidades reales del estado de Veracruz.

Algunas sugerencias resultan inevitables, sobre todo porque parece que la actual administración universitaria no tiene las ideas claras o, peor aún, no ha dimensionado la magnitud del problema.

Primero, el nuevo modelo no puede ser diseñado desde la autoridad administrativa. Lo tienen que construir los académicos. La administración universitaria debe limitarse a coordinar, facilitar y generar las condiciones necesarias para que ese proceso ocurra. Esto implica reactivar la vida de las academias en todas las entidades universitarias, tanto de docencia como de investigación, y establecer esquemas de incentivos reales que promuevan una participación activa, crítica y comprometida. Sin comunidad académica activa, no hay reforma posible.

En segundo lugar, hoy se cuenta con una oportunidad histórica: el avance de las tecnologías digitales. 

Pero esta oportunidad no se ha aprovechado. La universidad sigue operando, en gran medida, bajo esquemas tradicionales que no dialogan con las nuevas formas de acceso al conocimiento. 

Incorporar tecnologías no es solo digitalizar contenidos; es transformar la lógica del aprendizaje.

Aquí la propuesta es clara: avanzar hacia modelos híbridos de enseñanza que permitan ampliar la cobertura sin sacrificar calidad, integrar de manera sistemática herramientas digitales e inteligencia artificial, y redefinir el papel del docente como facilitador del aprendizaje. No hacerlo implicará que la universidad siga perdiendo relevancia frente a modelos educativos más ágiles y adaptativos.

En tercer lugar, es indispensable replantear la oferta educativa. Existen pendientes importantes que pueden convertirse en oportunidades si se abordan con visión estratégica.

Se deben crear nuevas carreras donde participen académicos de dos o tres áreas del conocimiento, es decir, apostar decididamente por la interdisciplinariedad. 

Pero esto no puede hacerse al margen de la realidad. Toda nueva oferta debe estar respaldada por investigaciones de mercado serias, que identifiquen necesidades concretas del entorno económico y social. La universidad no puede seguir formando profesionistas para mercados saturados o inexistentes.

Esto implica, además, tomar decisiones que suelen evitarse: sustituir progresivamente programas obsoletos y orientar la formación hacia sectores estratégicos para Veracruz como energía, agroindustria, medio ambiente, logística portuaria, turismo sustentable y nuevas tecnologías.

Pero nada de esto será viable sin un elemento central: la formación y capacitación docente. No se trata de cursos aislados, sino de un proceso profundo de transformación. Desde el uso intensivo de herramientas digitales hasta la incorporación de la inteligencia artificial y la revisión crítica de las prácticas pedagógicas, todo debe replantearse.

Insistamos: esto no lo pueden hacer los administradores. 

Es una tarea de los académicos, guiada por líderes reales en cada área del conocimiento.

En el ámbito de la investigación científica y tecnológica, la UV tiene una ventaja que pocas instituciones poseen: su ubicación en una entidad con enorme riqueza natural, económica y cultural. Esta condición debería traducirse en una estrategia clara de especialización.

Aquí la ruta es evidente: concentrar recursos en áreas donde el estado tiene ventajas competitivas reales y asegurar que la investigación no se quede en publicaciones, sino que se traduzca en soluciones concretas. 

Esto implica fortalecer centros de investigación, gestionar financiamiento externo y vincular de manera efectiva la ciencia con el desarrollo económico.

Otro aspecto fundamental es la recuperación de la vinculación universitaria.
La UV fue, en otros momentos, un referente nacional e incluso internacional por su trabajo en comunidades indígenas, zonas marginadas, proyectos sociales y desarrollo regional. Esa vocación se ha debilitado de manera preocupante.

Hoy es indispensable reconstruir esa relación con la sociedad, pero no desde la simulación, sino desde programas estructurados de intervención. Volver al territorio, reactivar esquemas de atención comunitaria, colaborar con pequeñas y medianas empresas y participar activamente en la solución de problemáticas sociales debe convertirse nuevamente en una función sustantiva de la universidad.

Una universidad pública que no incide en su entorno pierde su razón de ser.

De igual forma, hay que recuperar el prestigio cultural de la Universidad Veracruzana.

La cultura no es un complemento; es parte esencial de su identidad. Apostar nuevamente por el Museo de Antropología deXalapa, la Orquesta Sinfónica de Xalapa, la editorial, los grupos artísticos de música, danza y teatro, así como la creación de festivales, no es un lujo: es una necesidad. La cultura es, también, una forma de presencia social.

Pero todo este planteamiento, por sólido que pueda parecer, se enfrenta a un obstáculo que no puede ignorarse: la falta de transparencia.

Nada de esto será posible si la administración universitaria no actúa con plena claridad y apego al derecho. La confianza es el punto de partida de cualquier proceso de transformación.

Y aquí hay un tema que no puede seguir evadiéndose: el subejercicio de más de 5 mil millones de pesos. No es una cifra menor ni un asunto técnico. 

Es un símbolo del desorden, de la opacidad y de las oportunidades perdidas.

Esos recursos podrían haber sido determinantes para fortalecer la infraestructura, impulsar la investigación, modernizar la oferta educativa y recuperar el prestigio académico.

Por ello, la exigencia es básica pero ineludible: que se explique con claridad qué ocurrió con esos recursos.

Porque al final, más allá de diagnósticos, propuestas y discursos, todo se reduce a una pregunta esencial:

¿Quiere la Universidad Veracruzana transformarse o se conformará con administrar su deterioro?

La respuesta no está en el papel. Está en las decisiones que se tomen —o que se sigan postergando— a partir de ahora.

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