NOSTALGIAS

PIENSO, LUEGO ESCRIBO

En un parque se encontraban una vez por semana Doroteo y Arturo. Largo tiempo de conocerse, algunas experiencias compartidas, buenas y no tan agradables, habían caminado juntos desde la secundaria. Los dos ya rondaban por los sesenta y tantos años. Por fortuna, los dos jubilados y pensionados.

En esa ocasión Doroteo llegó a la banca de siempre, cerca del viejo  Kiosco y rodeada de frondosos framboyanes, que esa mañana lucían una capa de flores color naranja. Arturo lo vio llegar  y percibió de lejos la tristeza reflejada en su rostro moreno. Lo observó atribulado por alguna razón, nadie sabe lo que carga el morral.

Así fue, después del abrazo y las preguntas insuperables. ¿Cómo estás?, ¿la familia está bien?, Doroteo, el de mayor edad, comenzó a hilar narraciones de pasajes del pasado que recordaba puntualmente. Desde su dura infancia dentro de un contexto familiar complicado, fue el tercero de siete hermanos. Su tirante relación con su papá, que lo obligaba a trabajar en el taller, sin paga ni oportunidad de ir a la escuela. Después de una fuerte protesta, le permitió matricularse y terminar la primaria en la nocturna.

De las extenuantes jornadas, sin queja alguna, de nada servía oponerse o pedir la intervención de su madre, ella siempre se sometió a los dictados del señor de la casa.

Al contrario, le aconsejaba obedecer y no repelar porque le iba peor. Doroteo, justificando dijo, eso me ayudó mucho, fueron años de calvario, pero aprendí bien el oficio y ahora yo resuelvo lo que se necesita en el hogar.

Hace un salto en su historia y habla de la migración a otra ciudad. Dio por terminado ese ciclo de trabajo forzado, de atrasar sus anhelos de estudiar, de prepararse. No se veía en el futuro pegando con un mazo en el yunque  y fundiendo el hierro.

Llegó a la capital para alcanzar a su hermano Teófilo, que ya estaba viviendo en un cuarto de renta para estudiantes. Acostumbrado a la austeridad no le costó trabajo adaptarse a ese nuevo entorno que le auguraba mejores tiempos. Los dos fueron profesionistas al servicio del Estado.   

Arturo escuchaba con paciencia  y atención a su amigo. No intentó interrumpir. Era un momento tomado por el entrañable amigo, para dejar en libertad sus emociones, sus recuerdos. La nostalgia que lo invadía, le  pedía expulsar la tristeza y apuntalar sus decisiones. Dios me ha acompañado en esa travesía, de eso estoy seguro, ahora que hago el recuento de los daños y beneficios.

Hoy me he quedado solo, mi hermano falleció hace tres años. Le estoy muy agradecido por su compañía y solidaridad. Y en este instante quisiera volar e irme de regreso a mi querido pueblo al norte del País. El cansancio está agotando mi última reserva de aliento y ánimo, quiero morir en el lugar donde fui más feliz, a pesar de mis pesares. Arturo callado, solo atinó a dar una palmada en la espalda de Doroteo. Sabía que tarde o temprano, su amigo cumpliría su deseo y no lo volvería a ver. F I N           

Julio 31 de 2025

*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.

*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.

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