Uncategorized

Las cuestiones menores que valen la pena

Por Jorge E. Lara de la Fraga

ESPACIO CIUDADANO

                “El secreto de la estabilidad no está en poseer mucho,

 sino en comprender el valor exacto de lo que se posee.”

            A raíz de la muerte de 2 amigos y del suicidio de un conocido, me dejé envolver en torno de una atmósfera de cavilaciones sobre la vida y la muerte y sobre la felicidad y el infortunio de los seres humanos. Al respecto, me comentaba un amigo que vamos deambulando por la existencia y no nos percatamos de todas las riquezas que poseemos. Que únicamente cuando surge un hecho trágico o cuando nos debatimos dolorosamente en medio de una enfermedad, asimilamos a cabalidad el valor de la salud, la relatividad de nuestras realizaciones, la grandeza de nuestro entorno, así como el respaldo espontáneo de los consanguíneos y cercanos.

            En buena proporción- apuntaba mi interlocutor- la felicidad se halla en el compendio de “esas pequeñas cosas” que giran alrededor del individuo y que le permiten proceder con sentido optimista en la solución de los problemas. Hace poco en un cartel comercial leí: “La plenitud no está en lograr lo que anhelas, sino en valorar lo que tienes” y en verdad cuesta trabajo entender que muchos de nosotros nos lanzamos en pro de un sueño o de una legítima aspiración pero no nos percatamos cuando, en ese afán de realización, desdeñamos muchas de las cosas valiosas y significativas que tenemos a disponibilidad. Se han dado los casos de personas que en la consecución del poder político, en la adquisición de bienes económicos o en el logro del éxito, han dejado a su alrededor una secuela de tristezas, abandonos, dignidades pisoteadas, abusos, resentimientos, penas y deterioros del orden físico- orgánico. Al final del túnel, cerca de esa meta largamente acariciada, sería pertinente preguntarles a los involucrados si valió la pena el logro supremo, a pesar de los pesares, en sus controvertidas existencias.

            Entre paréntesis, una señora me indicaba que ella disfruta su papel de esposa, de madre y abuela, porque se emociona ante las realizaciones de sus hijos, se congratula de la salud de su cónyuge, goza ante los primeros pasos y gracejadas de su nieto, se incentiva diariamente con la elaboración de buenas viandas para los suyos y merced a cada nuevo amanecer se revitaliza con el crecimiento y florecimiento de las plantas de su huerto. Esa buena mujer sólo se descontrola cuando surgen los imponderables de una afección o cuando ciertos peligros se ciernen sobre el núcleo familiar.

Para nada se piense que estoy en contra de la superación personal o en oposición plena a la realización de las quimeras; lo que he tratado de explicar es que de poco vale alcanzar “alturas extraordinarias,” si al paso de los vencedores van quedando dignidades ultrajadas, derechos humanos arrinconados y resentimientos diversos. Enhorabuena cuando aparecen los triunfos en buena lid, en razón del esfuerzo tesonero, con la cara frente al sol y sin nada oscuro que esconder bajo la manga.

            Va de cuento. Encontré a un señor muy enojado el pasado mes de septiembre, estaba en singular situación que “no lo calentaba” ni el sol más esplendente de la temporada. Había participado en la Lotería Nacional y falló por un solo dígito; tiene varios años participando en tal juego de azar y ha planeado lo que realizará si la suerte lo acompaña. Para nada asimiló lo que le externé por cuanto a valorar lo que actualmente posee ni tampoco pareció escuchar esos peligros y contingencias que implica obtener una fortuna de la noche a la mañana.

            Todos tenemos un gran potencial existencial, heredado de nuestros mayores y fortalecido con nuestras acciones cotidianas. Hay que seguir llenando ese vaso “medio lleno” con buenos propósitos y con optimismo. Nada vamos a obtener de manera gratuita o por un súbito golpe de la suerte. Pero mientras tanto no sería nada ocioso valorar en su real dimensión todas esas pequeñas cosas que nos circundan, que nos hacen vivir y que nos impulsan a edificar nuestros sueños.

            Como colofón, un comercial aeróbico: “Cuando por los años no puedas correr, trota; cuando no puedas caminar, usa un bastón, pero nunca te detengas…” Tal mensaje lo externó la Madre Teresa de Calcuta.

Atentamente.

Profr. Jorge E. Lara de la Fraga.