Columnistas

Aventura en el norte (parte III)

Por José Antonio Medina Aguilar

PIENSO, LUEGO ESCRIBO

Por Akiles Boy *

Roberto Meléndez, era hijo de un político de la vieja guardia, caído en desgracia en los años setentas, después de que su amigo y compadre, quien fuera gobernador de Sonora, fue obligado por el Presidente, aquel autoproclamado líder del Tercer Mundo, a renunciar al cargo por un conflicto, aparentemente simulado, con productores del campo. Federico Meléndez era su nombre, también abogado y con larga carrera en la  política y en la función pública, endiabladamente inteligente, de no tan buen carácter,  pero carismático y gran conversador, anduvo recorriendo la geografía nacional en varias dependencias. En Veracruz, había aterrizado como Delegado en una institución educativa.

A Octavio le sorprendió la llamada de Roberto, solo una vez lo había visto en una celebración de Navidad en la capital del Estado. Cuando escuchó  su voz por el teléfono, y después del clásico “¿Cómo estás?”, de inmediato fue al grano. Le ponía al tanto, que estaba en la frontera norte, en una localidad de Sonora. Que desde hace unos días tenía a su cargo la administración de una Aduana, de las más dinámicas e importantes de la Entidad. A la sorpresa le siguió a Octavio la emoción, que le hizo desbordar su ánimo, cuando le ofreció la oportunidad de un trabajo, con una buena perspectiva económica y de proyección. Le llegaba la oferta “Como anillo al dedo” en un momento de apuros y ante el riesgo inminente de sucumbir en las garras de la depresión.

Al regreso a su casa, después de la jornada, en la carretera a San Bartolo, como era costumbre en Octavio, sus revolucionadas neuronas iniciaron un trabajo intenso de armar los planes de corto y mediano plazo para la migración al norte, junto con su familia. La primera tarea sería, platicar con Lilia, su esposa, de la propuesta de Roberto y los preparativos de la mudanza, programada para mediados de octubre. El acuerdo con Roberto, una vez aceptado integrarse a su equipo de trabajo, había incluido el compromiso de apoyarlo para el traslado, y llegando a la Aduana, en conseguirles alojamiento temporal.

La noticia entusiasmo a Lilia, una mujer fuerte y sin miedo a enfrentar desafíos. Con dos hijos, Angela, una niña de nueve años y Gabriel de apenas uno, no titubeo en aceptar la propuesta de un buen trabajo para Octavio y probar suerte en otro lugar, aunque le hubiera significado salir de su pueblo y perder contacto con la familia y amigos cercanos. “Los apegos no son buenos cuando se trata de crecer y tener que volar hacia nuevos horizontes”. Por su parte, Angela, al margen de las decisiones familiares, solo asintió sobre la idea de cambiarse a un lugar desconocido, sin mostrar gran preocupación, por los amigos que dejaría y las complicaciones que encontraría. Las quejas vinieron después.

El asunto de la renuncia a su trabajo en el “Colegio Latinoamericano” de la capital, fue fácil, gracias a la buena relación con el Director. Ricardo, ya enterado de su decisión, le allanó los trámites para liberarlo pronto de su responsabilidad en el plantel, además de entregarle integro su sueldo y prestaciones de Ley. Con mutuo deseo de bienaventuranza, Octavio cerró bien ese ciclo de su vida, que había resultado duro, denso en experiencias y emociones, pero al final bastante aleccionador. Le refrendaría la convicción sobre sus cualidades para la docencia, pero al mismo tiempo le abrió el espacio para dilucidar que ese no sería su destino.

“No hay plazo que no se cumpla”. Octavio y Lilia estaban en el aeropuerto de la Ciudad de México un dieciocho de octubre de 1997, listos para abordar el vuelo  a Tijuana, Baja California, de las 16:00 hora del centro. Estarían llegando a la ciudad fronteriza alrededor de las 5 de la tarde, de acuerdo con el horario de esa zona del País. En sus maletas llevaban lo necesario para establecerse una temporada. Cargaban aparte en un maletín, sus documentos personales, incluyendo sus pasaportes y visas, que un tiempo atrás, cuando viajaron a Estados Unidos habían solicitado. Iban solos, los niños habían quedado en custodia de un familiar y Rosario, Charito, como le decían, a la bondadosa y leal empleada que los acompañó durante muchos años. La historia continuará. Hasta la próxima. 

Julio 14 de 2021

*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C