CAMALEÓN
No está la entidad veracruzana entre las más seguras de la república, o mejor, entre las menos inseguras si nos atenemos al clima de violencia prevaleciente en la entidad. Tampoco figuramos entre las entidades federativas con infraestructura carretera medianamente aceptable. Sería obvio manifestar que los inversionistas no parecen apetecer del suelo fértil en nuestra entidad para sus inversiones. No sorprende si se nos recrimina que la capital veracruzana está entre las de menor equipamiento urbano en la república mexicana. Seis años de un duartismo adormilado, sumados a los seis años de Cuitláhuac García al frente de una gestión pública desastrosa explicarían con claridad meridiana el porqué estamos como estamos.
Ese escenario lo encuentra la señora Rocío Nahle cuando accede al poder veracruzano, su administración lleva ya 18 meses de ejercicio, no es mucho lo que se ha visto, pero pudiera encontrar causa en el desbarajuste que recibió de Cuitláhuac y en el muy espeso registro de expedientes por resolver. Los golpes de la experiencia enseñan y sosiegan los ímpetus, después de declaraciones como las del acueducto para Xalapa como proyecto ya existente, de la decisión unilateral de fijar las cuotas a taxistas, asignatura aún pendiente, el discurso oficialista veracruzano se muestra más prudente, mucho menos imperativo, más enfocado hacia obras de factibilidad inmediata: el nuevo puente en Coatzacoalcos y el puente en Boca del Rio apuntan hacia una gestión de rendimientos sociales de gran valor. No escapa a la observación el remozamiento del centro histórico xalapeño, la reparación del palacio de gobierno que sin aspavientos ya se ha concluido. Tampoco debe pasar desapercibida la exitosa gestión para subsanar las finanzas de 199 municipios cuyos alcaldes de la administración 2007-2010 cayeron en el garlito fideliano en 2008 por comprometer su 20 por ciento del impuesto a la tenencia vehicular en una bursatilización de muy dudosos resultados, muchos de los cuales quedaron esperando la parte que les correspondía. Dieciocho años después siguen pagando esa pesada carga financiera, de allí que debe reconocerse al gobierno estatal su voluntad para absorber esa deuda para liberar participaciones comprometidas como aval. Parece poco, pero comparado con el inefable Cuitláhuac da pauta para el optimismo.


