No lo vivimos, pero siempre será interesante descubrir una de las facetas de lo que ahora conocemos como El Siglo de las Luces, el XVIII. Lo primero que acude a nuestra mente es pensar en las exquisiteces de la época, e incluso caer en la tentación de inferir que en aquellos tiempos la humanidad era mejor que la actual. Pero solo hurgando con vocación de forense arqueológico es posible con mayor precisión exhumar los acontecimientos de cada época. Lo aquí relatado tuvo lugar en 1757, era rey de Francia Luis XV, quien sucedió en el trono al Rey Sol, aquel que en el colmo de su presunción exclamara “en mi reino no se pone el sol” de tan extenso que era el territorio gobernado bajo su majestad. Apenas comenzaba el Siglo XVIII cuando alcanzando su mayoría de edad, 14 años, Luis XV asumió su reinado de manos del Regente, su tío, el Duque de Orleans. No fueron buenas las cuentas heredadas por el Rey Sol, las finanzas estaban quebradas como para sostener el enorme boato cortesano, para apuntalarlo echó mano de nuevos impuestos con la consiguiente inconformidad popular. La confrontación entre el Parlamento y el Rey aumentaba porque los miembros de aquel cuerpo corporativo le discutían algunas atribuciones, una actitud en mucho alimentada por los “filósofos”, como eran conocidos quienes criticaban al régimen de Las Cortes, pero se desvivían por ser invitados a sus fiestas, Voltaire, Diderot y Montesquieu, entre ellos, y encontrar a un “mecenas”, una sutileza para no decir “el del chayote”. En ese ambiente tan caldeado el rey temía un atentado, pues uno de sus antecesores, Enrique IV, fue apuñaleado, lo cual a la postre le quitó la vida. No estaba muy errado en su percepción Luis XV, a quien un extraño acuchilló cuando llegaba a Versalles en su carroza, fue leve la herida. Sin embargo, se torturó a quien dijo llamarse Robert Francois Diamens para sacarle información sobre un posible complot. Nada dijo y fue condenado a sufrir el delito de lesa majestad, consistente en: “mano derecha cortada y muñón roceado con azufre derretido, sus carnes arrancadas con tenazas y roceadas con cera hirviendo y plomo derretido, descuartizamiento a cuatro caballos; y para remate, la hoguera. Tal castigo de excelencia inhumana se ejecutó en la Plaza de la Greve. Una asidua asistente al boato de la Corte, suponiendo quedar bien con el rey alquiló dos habitaciones frente a esa plaza, donde sus invitados jugaban mientras esperaban la ejecución. Esto es solo una fiel constancia de la “fina” sensibilidad en aquella Corte y en pleno Siglo de las Luces. ¡Ah!, pero eso sí, “el hombre es lo más excelso de la creación”.
En política la desconfianza impera
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