CAMALEÓN
Es en el bolsillo dónde se encuentra una de las causas del descontento social respecto de sus gobernantes, y en México, por mucho dinero dispersado a través de programas sociales la inconformidad comienza a manifestarse en variables que incluyen las crecientes criticas al discurso oficialista y las relativas a la forma en cómo se conducen los recién llegados al poder público. Un antecedente de este fenómeno lo tuvimos cuando en la década de los años ochenta la carestía de la vida, la inflación incontrolable, combinados con los humos aún no disueltos de la corrupción y el despilfarro del gobierno de López Portillo, el gobierno sucesor penaba por controlar una economía que solo generaba pobreza. Por esa causa, la clase empresarial dio un giro en sus actividades cuando decidió participar en política partidista e impulsó una nueva forma de manejar los medios para la promoción y la propaganda política y así posicionarse como una opción alterna a la tradicional de la clase política emanada del PRI. Ese insumo fortaleció las filas del panismo en el norte de la república y comenzó su marcha hacia la presidencia de la república. No fue casualidad la forma en cómo surgió Vicente Fox a la palestra política del país con un discurso dicharachero que produjo en el ánimo popular la ilusión de un cambio de ruta. Fox fue el líder de las circunstancias, lamentablemente como gobernante no respondió a las expectativas y su gobierno resultó tan decepcionante que Felipe Calderón le ganó la candidatura del PAN a la presidencia de la república en 2006.
Para ese entonces, desde el gobierno de la Ciudad de México en el PRD la figura de Andrés Manuel López Obrador había desplazado al liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas y se perfilaba como un candidato natural a la presidencia de México. Así fue, pero en apretado fallo del INE Calderón resultó el ganador de la presidencia en 2006. En 2012, Marcelo Ebrard hubiera sido un mejor contendiente por el PRD para enfrentar a Peña Nieto del PRI, sin embargo, requería del respaldo de López Obrador para evitar la dispersión de fuerzas al interior del PRD, el empecinamiento de AMLO obligó a Ebrard a desistir de su precandidatura y el candidato fue AMLO, que fue vencido ampliamente por Peña Nieto. “Lo único que sabe hacer es andar en campaña”, se decía entonces de López Obrador, quien recorría palmo a palmo el territorio nacional, “puebleando” en estrecho contacto con la población mexicana. Así forjó AMLO su tercera candidatura presidencial en 2018, pero ahora postulado por MORENA, el partido creado en 2014 alimentado con los mejores cuadros del PRD. Lo demás lo hizo Peña Nieto con su desastrosa gestión pública, la corrupción en todo lo alto, un pueblo enojado que ahora veía a López Obrador como la opción esperanzadora, pero que finalmente resultó más de lo mismo, o peor, según se dice. En el diagrama partidista ya no domina el PRI, ahora su lugar lo ocupa MORENA como partido dominante, para desplazarlo del poder se requiere de una oposición beligerante y competitiva, pero para conseguir ese estatus hace falta un líder que convoque y se presente como opción de cambio, que abandere la inconformidad que bulle al interior del contexto social mexicano. Si usted lo encuentra láncelo al estrellato.


