El gol, euforia y tristeza

Es mi pienso

El fenómeno del futbol hizo el milagro de vestir a un país de un solo color, sin promotores, sin dádivas, sin coacciones, sólo con el deseo de vivir y disfrutar un momento perfecto en el que el júbilo es de todos, la alegría desbordada no tiene reproche y el grito que sale desde lo profundo del ser estalla en un grito colectivo que lo llena de luces y colores; todos brincando, chiflando, las manos elevadas hacia el cielo como en agradecimiento inconsciente por la dicha de estar viviendo ese momento.

Hombres y mujeres de todas las edades descubrieron de pronto su espontánea afición por el futbol, aunque sólo entendieran que gana quien mete el balón en la portería contraria, y que ese grito de “goool” entre brincos y abrazos une a los diferentes, a los enemistados y también a los desconocidos. Eso es el futbol, y eso es lo que detona un gol.

A los mexicanos nos urgía ese momento de catarsis que purgara la carga emocional de un odio irracional, adoptado casi como doctrina, que fue contagiando y contaminando todas las relaciones humanas hasta lograr que las personas dejaran de hablar, de sonreír y de comunicarse con respeto. Nos urgía volver a reunir a las familias con un propósito común, y el futbol nos lo permitió. Muchos buscaron el cobijo familiar para disfrutar el momento sin reproches, sin sacar las navajas ideológicas con las que nos hemos herido; bastó llegar con bolsas de botanas, una caja de pizzas y bebidas de cualquier color, para pintar de verde todo el escenario emocional y vivirlo con la pasión que estaba escondida, aplastada por diferencias impuestas desde fuera del núcleo central que es la familia.

Celebramos las victorias del equipo de todos, y quedó demostrado en las enormes manifestaciones en plazas y calles de todo el país. En torno al Ángel de la Independencia, símbolo de las celebraciones populares de los mexicanos, se estima que más de 800 mil personas se apretujaron en avenida Reforma y calles circundantes; sin invitación, sin lonche, sin dinero, sin autobuses que los transportaran, sin nadie que presumiera su capacidad de convocatoria. Sólo el gusto de estar juntos, unidos en un solo festejo y con un solo grito que brotó unánime: ¡México, México, México!

Llegó el partido que puso fin a nuestras aspiraciones: 3 goles nos dejaron fuera del mundial de futbol. Se apagaron las luces de los estadios de Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México; se apagarán también las expresiones de festejo por el triunfo de un equipo que ya no es el nuestro. Pero ojalá nunca se apague lo que volvimos a vivir los mexicanos: la unión y el afecto fraternal de un pueblo que se ha distinguido históricamente por su calidez y su vocación de anfitriones.

Viene un tiempo completamente opuesto, en el que serán precisamente los colores los que buscarán separarnos de nuevo. Proselitismo, adoctrinamiento y amenazas intentarán pintarnos de otro color.

El deporte ya nos dio el ejemplo de lo que somos los mexicanos: una patria unida, capaz de encontrarse como hermanos y amigos sin más bandera que la propia. Es mi pienso.

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