LOS PESARES DE GERTRUDIS 

PIENSO, LUEGO ESCRIBO

Don Anselmo, un vasco, trabajador y acostumbrado a la buena vida, pronto se  asoció con otros expatriados que habían llegado antes a la próspera región de México situada en el centro de Veracruz. Crecían rápido en el comercio con mueblerías y tiendas de abarrotes. Otros habían preferido montar hostales o posadas, donde también  se servía comida típica española a los viajeros que iban a la capital del País.

Así, apoyado por la comunidad de refugiados, fue comprando terrenos para el cultivo de café, haciéndose, en algunos años, de una buena cantidad de hectáreas de tierra y fincas del aromático, adquiridas con ventajosas condiciones de pago. Cayetana, la esposa de Anselmo, una mujer bella y educada a la usanza de la vieja escuela, se hacía cargo de organizar y controlar a la familia y su casa. Altagracia y Carlos, fueron sus primeros hijos, la última sería Gertrudis.

De una modesta vivienda en la periferia del pueblo, en poco tiempo se mudó al primer cuadro, a una casona que sobresalía en la manzana que estaba construida. De arquitectura colonial con patio central, amplio jardín y en medio una gran fuente de cantera rosa. Por su tamaño y distribución, alguna ocasión, un paisano le sugirió poner un hotel de primera clase.

Para Gertrudis, la vida y el tiempo se aliaron para hacerla infeliz, sus hermanos se casaron jóvenes. Altagracia contrajo matrimonio con un ingeniero de Monterrey y emigró al norte de la República. Carlos se quedó unos años en La Casa de Altos, así era conocida por los pobladores.

Cuando Anselmo enferma y muere de enfisema pulmonar, debido al vicio del tabaquismo, la pobre Gertrudis, desdichada en el amor, se vio obligada a tomar las riendas de las fincas y la casa. Cayetana, diezmada por la tristeza de la viudez, a los dos años cae en cama, una terrible depresión adelanta su claudicación y deceso, dejando a la familia en inesperada orfandad.

Con sollozos y gran pesar recuerda la pesada cruz que cargó. Se levantaba apenas clareaba para ir a las fincas y dar instrucciones a los peones que trabajaban en los cafetales, la mayoría varones que la respetaban, pero la obedecían con los modos y reticencias impuestos por la cultura misógina de la época. Nunca renunció al amor, pero sentía que había nacido para la soltería. Los años pasaron y pesaron como el plomo. Su cuerpo envejeció, así también fue esfumándose la fortuna familiar.

Pasaron los años y los pesares de Gertrudis se acumularon, como las líneas en su cuello y manos. Los estragos, por largas faenas en el campo y lidiando con los asuntos laborales y financieros, fueron apareciendo intempestivamente. Su cuerpo reclamaba una pausa, un descanso que nunca tendría oportunidad para dárselo.   

La historia de Gertrudis tuvo su fin hace veinte años. Un día de enero, estando estacionado el crudo invierno en el ambiente, su mejor amiga, Carmelita, quien pasaba a su casa por las mañanas, con la confianza tejida a lo largo de su longeva amistad, abrió el enorme portón y penetró hasta la cocina. Esperaba verla sentada en el amplio comedor, tomando el rico café que preparaba a diario. Al no mirarla, la llamó una vez, ¡Gertrudis, dónde andas!, no hubo respuesta, Carmelita, entre el desconcierto y el miedo, caminó aprisa hacia la recámara. Gertrudis yacía en la cama, inmóvil, con los ojos cerrados y el cuerpo ladeado a la izquierda, como acostumbraba a dormir.

¡Dios Mío¡ exclamó Carmelita al tocar el frío y rígido cadáver. No había nada que hacer, pensó la incondicional amiga, esbozó una oración, pidiendo a la Virgen de Guadalupe, por el eterno descanso de su alma. Víctima de su genética y el deterioro impostergable, Gertrudis había muerto durante la gélida noche, de un infarto imprevisible.     

Febrero 3 de 2026

*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.

*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.

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