Mujeres tan divinas

Por Jesús J. Castañeda Nevárez

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Es mi pienso

Jesús J. Castañeda Nevárez – jjcastaneda55@gmail.com

Como dijera Roberto Carlos, “yo soy de esos amantes a la antigua, que suelen todavía mandar flores. . .”; en una canción de las más sonadas en la década de los 70’s, escuchada y practicada por toda una generación hoy orgullosos militantes de la 3ª edad.

Aquellos jóvenes que apretados en un vocho se trasladaban a la casa de la amada para cantarle su amor, siempre nerviosos y por eso nunca solos, pues para eso estaba la flota del barrio y un traguito mágico para aclarar la garganta y darse valor, listos para lanzar al viento “Conocí una linda morenita y la quise mucho” acompañados por las guitarras y las maracas.

Qué tiempos aquellos en los que temblaban las piernas para robar un beso y se derretía el corazón, en el regreso a casa en calidad de idiotizado tocándose los labios y dispuesto a no bañarse con tal de que no se borrara la huella de esa boquita morena. Porque conseguir ese primer beso era una verdadera hazaña.

Es difícil pensar que hoy se viva esa misma emoción; es difícil pensar que haya quien esté dispuesto a subir a la montaña a cortar una flor para traerla a la mujer amada y que esté dispuesto a pagar el precio de un primer beso con mensajes cursis que adoquinen el sendero del feliz encuentro con el amor.

Hoy todo es muy breve y directo: “qué onda, vas a prestar o que, te vas a apretar?”

Y la razón no sólo es el avance de la tecnología; todo es distinto y tiene que ver con profundos cambios en la sociedad, que transformaron y trastocaron tantos valores que ya ni se habla de ellos.

Todavía hay mujeres de 90 años que puedan dar testimonio de la forma de educación que ellas recibieron y cómo la transmitieron a la siguiente generación. En un modelo de familia que tenía perfectamente bien definidos los roles que tocaba a cada uno representar.

Esa sólida estructura soportó la sociedad de aquellos tiempos, aún con los problemas por abusos y excesos que se cometieron y que debían corregirse. No es común escuchar a los padres sesentones expresarse con desprecio de sus propios padres, sino todo lo contrario; pareciera que fueron una generación de gente extraordinaria y la siguiente generación de hombres y mujeres de bien son el resultado.

Pero sucedió de pronto que las injusticias comenzaron a tomar forma de reclamos que no fueron atendidos; el abuso sobre las mujeres en lo laboral y la respuesta criminal de un hombre cegado por su soberbia, detonó en un crimen que un 8 de marzo de 1911 en la Cd. de Nueva York abrió una profunda herida en la sociedad, misma que todavía no cicatriza.

Fue un duro golpe directo a los pilares de la sociedad. Todo se contaminó en una mezcla de reclamo de igualdad y justicia laboral que invadió el terreno de lo familiar y el forcejeo entre los padres permitió el acceso a niveles de autoridad a los hijos y posteriormente su ascenso hasta colocarlos en la cima.

Hoy en día un padre ya no puede expresar su desaprobación si al llegar a su hogar encuentra un reventón de su hijito con sus cuates, acompañados de jovencitas que tampoco pidieron permiso a sus padres y que se divierten sin recato y sin límite.

Todo se derrumbó, el barco se quedó sin capitán y sin timón. Los daños hoy son incuantificables y de pronto parecieran irreversibles. Los afectados son todos, pero impacta mucho más el agravio hacia las mujeres y los niños, muchos de esos casos hacia mujeres absolutamente inocentes.

Reclamar solución a la autoridad en el terreno de la justicia y la seguridad es lo procedente; pero la solución profunda y de raíz está en la reestructuración de los pilares que sostienen a las familias.

Enfocarnos en las consecuencias ignorando las causas, sólo nos llevará a otro día sin mujeres y no pasará nada y sí nos castigan a todos con su ausencia.

Los viejos tiempos aún arrancan suspiros al evocar los gratos recuerdos donde siempre la mujer está presente y es ella el centro de la admiración. La mujer ilumina el existir del hombre y lo impulsa a conquistar reinos. La mujer no puede ausentarse de la vida del hombre ni de su familia porque es su corazón.

“Mujeres, oh mujeres tan divinas, no queda otro camino que adorarlas”.

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