Foto del Recuerdo compartida por Marigel M. Silva de Pozos

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Supongo que para la gran mayoría de nosotros, uno de los mejores recuerdos de la infancia es nuestra casa

La casa donde viví mi infancia, fue una amplia casona que se encuentra en la calle Hidalgo, en pleno centro de nuestra bella Xalapa. En aquel tiempo el paso de algún vehículo motorizado, era anunciado por el ruido del motor y escuchado por todos los vecinos, al pasar la esquina, el silencio volvía a cubrir el entorno de la calla, hasta mucho rato después apareciera otro, lo que permitía que toda la chiquillada de la cuadra, jugáramos en la calle.

La casa tenía un portón que debía tocarse con un aldabón que era una mano de acero que golpeaba la madera; al abrirse daba paso a un corredor y al final de éste otra puerta más que llevaba hasta, lo que llamábamos un hall, con varios sillones y asientos con respaldo de ojo de perdiz, donde nos sentábamos mis primos, mi hermano con sus cuates,como entre ellos se llamaban algunas vecinas, amigas mías y yo a escuchar los cuentos que la nana Maty inventaba para nosotros.

Se entraba a la casa por la planta alta, y por la planta baja se llegaba a aquel maravilloso patio y traspatio donde viví mil aventuras.

Aquel lugar maravilloso, que en aquella época abarcaba hasta lo que actualmente es el jardín de niños Esperanza Osorio, estaba cobijado por altos árboles de jinicuil, zapote blanco, matorrales de higuerilla y multitud de arbustos que daban vida a hermosas balsaminas que coloreaban el ambiente, y en medio de todo aquello, lo mejor, un hermoso pozo, que era mi refugio, mi lugar favorito.

Muchos atardeceres, después de regresar de la Josefa, que se encontraba en Zaragoza, junto al Beaterio, nos reuníamos un grupo de 6 ó 7 chamacos (casi todos amigos de mi hermano), y emprendíamos la excursión hacia el estadio y campos aledaños. El paso del estadio a los lagos se hacía entre la loma en que hoy está el IMSS y en la que se ubica la Rectoría, pero el suelo era de barro y a las lomas se subía a través de terraplenes sin escaleras, que eran verdaderos cúmulos de barro denso siempre mojados por el chipi chipi.

La aventura consistía en subir y bajar en esos “barriales”, como eran conocidos.hasta agotarnos y quedar verdaderamente capeados por el barro y regresar a casa al anochecer a bañarnos a jicarazos, a hacer la tarea para después salir a la calle, iluminada con una tenue luz de aquellos postes de madera enchapopotados, de los que colgaba a un foco circundado por incansables moscos y mayates, que formaban una constante nube a su alrededor.

Ahí era nuestro punto de reunión, donde hablábamos de todo, desde las cuitas de amores infantiles, y como se nos había declarado el guapo niño de la Rébsamen, confidencias que eran endulzadas por la música de un organillero que se paraba en la esquina de mi calle y la de Morelos.

Aún siento penetrar en mis oídos aquellas tonadas que nunca olvidaré y que aún existen en el recuerdo de quienes vivimos en esa lejana época. En aquellas calles, también nos reuníamos a jugar a “los encantados”, “el cancán”, a “la botella”, y los varones daban “racos” con los trompos, rayuela de 10 centavos o “el 31” con los baleros.

Tiempos en que aún no existía la televisión en nuestras casas, ni imaginábamos lo que serían los celulares, el internet no era ni siquiera un tema de ciencia ficción, todo esto tendría su auge mas de 30 años después….. En nuestra ciudad sólo había dos cines….. AAAhhhhhh pero teníamos un gran ingenio para inventar los juegos y, sobre todo, vivíamos en un Xalapa de paz, silencio, sin drogas, sin delincuentes, con campos verdes por doquier, con un estadio señorial, un parque Juárez sin igual, un parque “Los Berros” inigualable, un Macuiltepec con neblina magistral. El tiempo pasó y……. fuimos creciendo

Los sábados al atardecer íbamos al cine Lerdo o a la matinee del cine Radio, donde pagábamos un peso la entrada a “gayola”, que era el graderío hasta arriba.

Cuando no teníamos más de un peso, que era casi siempre, nos dedicábamos a pasear en camión urbano de segunda, en la ruta Calvario-estación o Piedad-estación, incómodos camionsotes que por veinte centavos nos llevaban de la estación vieja que estaba al final de Ursulo Galván, hasta la estación nueva, más allá del cerro Macuiltepec, edificio que hoy está tan vacío, como repleto de recuerdos.

El domingo era muy diferente…. a las cuatro de la tarde, cuando teníamos dos pesos hacíamos cola en cualquiera de los cines, con la emoción de ver películas de estreno, “a color” y en Cinemascope, con Kirk Douglas, Rock Hudson o James Dean.

Completábamos nuestra felicidad al salir del cine y llegar al Parque Juárez a “dar vueltas”, las niñas escuchando y sonrojándonos por los piropos que los jóvenes nos decían.

¡¡¡¡¡ AH QUE TIEMPO ¡¡¡¡. Recuerdo con nostalgia a aquel Xalapa, pero acepto con el corazón al Xalapa de la realidad 2019, llena de recuerdos de infancia y juventud, progresista, bulliciosa y ….. SIEMPRE BELLA…….. UN ABRAZOTE.

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