Tenía que ser mujer

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Panoramas de Reflexión

Tenía que ser mujer.

Era la mañana del día 5 de febrero de 1985 cuando mi primo Ángel y yo salimos a buscar una pensión. La tía Esther que nos brindaba aquel servicio había decidido cambiar de residencia y un mes antes, nos informó que a más tardar a finales de mes debíamos desocupar. Buscamos cerca del lugar para no alejarnos de la Zona Universitaria donde cursábamos nuestras respectivas carreras; caminamos por la calle Hidalgo y al llegar frente al parque Los Berros, alguien nos comentó que en aquella casa, señalando la imponente Quinta que alguna vez perteneciera al poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón, rentaban habitaciones amuebladas.

Ni tardos ni perezosos nos dirigimos a la entrada. No había timbre y el portón estaba abierto por lo que decidimos entrar; caminando por el andador del jardín llegamos a una majestuosa residencia pero el sendero no comunicaba con ella. Continuamos nuestro camino por el lugar cuando de pronto vimos un enorme perro Gran Danés junto a una pequeña casita de madera en el jardín, con techo de dos aguas y una entrada central que supusimos era suya. Nos ladró enfadado pero lo bueno que estaba amarrado. Casi al llegar a la fuente central del jardín nos encontramos con un señor, fornido, alto, güero y grandote. Él nos comentó que era el propietario de todas aquellas habitaciones, señalando el ala este del monumental predio (después supe que se trataba del Señor Freddy Job, otra amable persona y buen amigo). La construcción era considerablemente grande y su patio central la embellecía aún más. Nos dijo estaban ocupados todos pero que preguntáramos en aquella casa, señalando al oeste. Otro imponente edificio de estilo rústico con ladrillo barnizado y grandes ventanales, puerta central de madera con un pequeño lobby. Techo con teja barnizada y un ático central semejando una segunda planta más pequeña. Hermosa, monumental, de buen gusto. No soy arquitecto ni mucho menos crítico de arte pero aprecio la belleza visual que proyectan algunos edificios y ese es indudablemente uno de ellos. Tocamos el timbre y nos abrió la puerta una elegante señora, toda una dama, quien nos informó acerca del costo de la renta, los servicios que incluía y las reglas del lugar. Nos mostró uno de los apartamentos disponibles del cual quedamos maravillados. Prometió esperar uno o dos días a que resolviéramos. Cuando regresamos y finalmente rentó el apartamento a nuestros padres (todavía éramos unos chavales), la Señora personalmente ayudó a instalarnos. Así nació una estrecha amistad que aún perdura con aquella entrañable mujer, Señora admirable, ser humano de calidad moral íntegra, tantas virtudes juntas en una persona me impresionaron. La humildad y prestancia que refleja su rostro y personalidad, en actitud siempre de servicio y atención no se ven en todas las personas. Si todas los seres humanos fuéramos así como ella hoy en día, creo que la descortesía estaría ya erradicada del planeta. La vida es sólo cuestión de entenderla y basta un poco de educación y mesura para ser atento y cortés, siempre en actitud de servicio, que lo demás llega por añadidura, solito pues, el universo se encarga de ello. Eso pocos los saben, aprendamos de ello pues.

Los años pasaron y pronto me quedé solo en el apartamento al retirarse mi pariente para continuar con sus estudios en el vecino estado de Puebla. Terminé mi carrera y pronto me coloqué en una dependencia federal, una paraestatal, el Instituto Mexicano del Café. Mi vida en ese entonces se movía en torno a mi trabajo y mi apartamento. Fines de semana en Martínez De la Torre con mi madre y mi novia, hoy mi esposa y angelito. Cuando no andaba de comisión, me quedaba en mi apartamento al final de mis jornadas, atendiendo por convicción en lo que se ofreciera en aquella casa. Di algunas clases de matemáticas a su pequeña hija mayor que cursaba la secundaria, jugué y platiqué mucho con su hijo menor que estaba por terminar la instrucción primaria. Buenos chicos los dos. Toda etapa en la vida tiene su final. Al inicio de los noventa dejé aquella bella ciudad que me cobijó en su seno y formó académicamente; Xalapa, Veracruz, la Atenas Veracruzana. La U. V., mi Alma Máter. La Señora Leonor De la Miyar Huerdo fue una grata y grandiosa sorpresa que la vida me brindó al conocerla durante mi estadía en aquella hermosa ciudad de las flores. Excelente profesional, C. P. y LAE., pero lo más importante, lo que vale más la pena, es que es una mujer excepcional, hermosísimo ser humano, mujer admirable, noble, culta, bella, distinguida. Amigo lector, tenía que ser mujer. Que tenga un buen día.

Luis Humberto.

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