Josefa, víctima de su influyentismo

Por Ángel Lara Platas

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Por Ángel Lara Platas

La clase política mexicana ha convertido en una válida costumbre los desplantes de soberbia e influyentismo. En México, ser político es sinónimo de privilegios desmedidos y abusos de poder. Hasta ahora, nadie ha querido, o nadie ha podido, acabar con las prerrogativas que disfrutan los que detentan el poder, que tanto han lesionado los intereses de los ciudadanos. Al contrario: se consolidan, van en aumento. Por lo pronto, la 4ª Transformación no fue la excepción. Ya le cayó encima la maldición de la arrogancia política. Detener un avión que ya estaba en la cabecera de despegue, y regresarlo para que la recogiera en la sala de abordaje, le costó el puesto a doña Josefa González-Blanco Ortíz-Mena ahora ex Secretaria de Medio Ambiente del gobierno federal. Solo que este asunto, sin hablar en descargo de la insensatez de la señora, tiene raíces en otro lado.

Pareciera un absurdo, pero el abuso del poder es una cultura nada fácil de erradicar, excepto que haya severas medidas correctivas impuestas desde el poder Ejecutivo, y una conducta ejemplar del que manda. Los discursos, por sí mismos, no logran modificar las conductas de nadie.

Sin embargo, hay algo que es obligatorio apuntar. Los ciudadanos, quiérase o no, hemos sido impulsores inconscientes de ese tipo de prácticas. Cuando tenemos frente a nosotros a un político, lo halagamos, buscamos su mirada, nos montamos en los de adelante para saludarlos de mano. Les imploramos una pose para la selfie. Les damos el nivel de las grandes figuras del espectáculo. Estas complacencias ensordecen a cualquiera, su mente se obnubila, pierden el piso.

Las campañas electorales son el más fiel ejemplo del comentario.

Las campañas políticas se han convertido en auténticos espejos de vanidad. En lugar de escuchar alternativas para la solución de los problemas que viven los ciudadanos, y su participación para la solución de los mismos, lo que reciben son elogios y cacofónicas porras que los asistentes a los mítines corean a grito tendido. Los elegidos se transforman, crecen, se agigantan.

En cuanto a los funcionarios públicos, así no hayan sido candidatos, el efecto es similar. La sobre exposición a los reflectores de la prensa, la excesiva presencia en las pantallas de televisión, el constante acecho de los periodistas que buscan sus palabras. Además, hay que agregarle una serie de actitudes de nosotros para con ellos. Les cedemos el paso, el asiento, el lugar en la espera, etc.

Sus colaboradores convierten a sus jefes en daltónicos. Ya no ven la luz roja de los semáforos ni los números rojos de sus partidas presupuestales.

Así como doña Jose detuvo un vuelo sin medir las consecuencias por mantener sobre la pista un avión que estaba a punto de desocuparla al despegar, así los que retrasan conciertos hasta que lleguen, o las obras públicas, que aún terminadas, no se ponen en funcionamiento simplemente porque la agenda del que manda está ocupada con otros temas.

En las altas esferas de la empresa privada también hay guiños a los funcionarios. Doña Jose seguramente no fue la de la ocurrencia de ordenar al ejecutivo de Aeroméxico que detuviera la aeronave. Probablemente fue el directivo quien en su momento le ofreció a la señora sus facultades. “Lo que se le ofrezca, llámeme” Y se le ofreció… y el avión fue detenido.

Aquí hubo dos factores que detonaron el tema: el piloto, y un usuario de redes. El capitán, consciente de los riesgos por detener un avión en posición de despegue, les comunicó a los pasajeros que por órdenes presidenciales tendrían que regresar para recoger a una pasajera que no llegó a tiempo. Y el usuario, que a tiro de celular tomó la respectiva foto, y presto la subió a redes. Dicen unos que el avión estaba por meter las ruedas, cuando el Presidente tenía frente a sus ojos la foto de su colaboradora. El resto ya lo saben.

Luego entonces, González-Blanco Ortiz-Mena fue víctima de la irresistibles tentaciones del poder.

 

 

 

 

 

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