La casa olía a café.

Por Luis Humberto Muñoz

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Panoramas de Reflexión

 

La casa olía a café, el aroma era exquisito, mágico y engatusador aquella calurosa mañana nublada de otoño. Ese ambiente me hizo recordar instantáneamente a mi adorada madrecita parada frente al comal puesto sobre la estufa. Tenía una bola de masa en la mano que empezaba a golpear suave y rítmicamente con las palmas, como si diera aplausos breves pero continuos con los dedos rígidos. Torneaba la masa con las manos húmedas. Me sorprendía la perfecta redondez de su tortilla, mientras ella la pasaba de una mano a otra con una habilidad que me dejaba pasmado. Cuando terminaba perfectamente delgada la tortilla, ella simplemente la echaba con delicadeza en el comal. Terminando de cocerse, al sacarla del comal la enrollaba no sin antes colocarle manteca y sal para dármela en la mano.

 

Años mozos que evocan nostalgia y añoranza de tiempos que se fueron sin retorno, dejándome un dulce recuerdo. Tenía hambre. Inmediatamente pedí una igual a Petrita, aunque el sabor no era el mismo me la comí gustoso. Al respecto recordé una reciente lectura sobre el maíz, esa plantación que muchas veces encontramos a la orilla de las carreteras invadiendo el sector federal de las rutas, propiedad del Estado. El maíz es una planta de origen americano. Los conquistadores se dieron cuenta de que todas las civilizaciones del nuevo mundo que practicaban la agricultura sembraban este grano, teniéndolo como una de las principales fuentes de alimentación. Sembrar el maíz fue algo como el pan nuestro de cada día, tanto para aztecas, mayas e incas como para las tribus seminómadas de américa del norte. Entre las civilizaciones precolombinas su uso fue muy importante. Prueba de la enorme relevancia del maíz es el mito maya de la creación del hombre. Cuando los progenitores Tepeu y Gucumatz, hicieron aparecer la humanidad sobre la tierra, descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre: mazorcas amarillas y blancas, que se convirtieron en la sangre humana. El maíz fue parte inherente del desarrollo agrícola, tanto que sus ritmos de cultivo estaban ligados a cuestiones religiosas, por lo que no solo se convirtió en base de la alimentación sino de la cultura por sus cuestiones simbólicas. De ahí que este culto trascendiera aun después de la evangelización mediante el sincretismo. Según datan documentos que un año después del descubrimiento de América, y sin que Colón pisara México, el maíz se plantaba en el jardín botánico de Sevilla, el jardín real español, llevado desde alguna plantación del caribe. Menos de un siglo después, el grano ya era conocido prácticamente en toda Europa e incluso se expandió por África, China, Tíbet e India, vislumbrándose como una de las plantas más cultivadas del mundo.

 

Todo esto y mucho más, me hace pensar en por qué no se han desarrollado auténticas estrategias de mercado, para este y los diferentes cultivos que se producen en México, sustentadas sobre beneficios fiscales y arancelarios que doten a los productores primarios de oportunidades efectivas para mejorar sus precios y sus cosechas, alentando su inversión. Los programas agrícolas siguen parados, dándole la espalda al campo. Los grandes intermediarios se están llenando especulando con diversos productos agrícolas. Ya basta. Se vienen tiempos de escasez a medida que pasa el tiempo y tal parece que estamos esperando hasta el último momento, como siempre, para hacer algo. Ojalá y no sea tarde ya y sigamos disfrutando de los beneficios que nos aportan los vilipendiados agricultores, vejados y explotados por los intermediarios. Continué disfrutando mi tortilla y una deliciosa taza de café, pero por lo demás que le digo. Piénselo un poco. Que tenga un buen día.

 

Luis Humberto.

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