La codicia.

Por: Luis Humberto Muñoz

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Panoramas de Reflexión

 

Los seres humanos hemos buscado y ansiado siempre la posesión de bienes materiales, es parte de nuestra compleja naturaleza. La tendencia a tener es inherente a nuestra conducta. El pobre desea ser rico, el rico desea tener siempre más de lo que tiene. El tonto quisiera ser inteligente, el inteligente quiere que se le reconozcan sus méritos y se le dé lo que según él merece. El enfermo desea la salud y el que está sano desea ser campeón de atletismo o escalar una montaña.

Esto es muy natural, la ambición es necesaria e importante porque de otra manera seguiríamos viviendo en las cavernas, no habríamos evolucionado. Nunca estamos contentos con lo que tenemos, aunque tengamos bastante; sin embargo, nuestra ambición puede convertirse en codicia con mucha facilidad, somos vulnerables a la tentación y la codicia es un derivado de la envidia, una mezcla de avaricia y ambición que lógicamente dan un resultado peligroso para nuestra salud mental y espiritual. La codicia es pues un amor desmedido y desordenado de las cosas. Se convierte en desordenado si uno no se guía por un fin razonable. Por ejemplo, no es el amor a una suma excesiva de dinero lo que constituye toda la culpa, sino el amor desordenado a cualquier suma. Las cosas materiales son legítimas y necesarias a fin de que nos habiliten para existir de acuerdo con nuestra posición en la vida; imprescindibles para mitigar las penalidades que nos da la adversidad, pero también para ayudar a los más necesitados. Es la persecución imparable de la riqueza como un fin, en lugar de un medio para fines más elevados, más sublimes, más espirituales lo que nos convierte en codiciosos. Actualmente la codicia está más generalizada de lo que nos imaginamos. Hubo un tiempo en que la monopolizaba, la abarcaba toda, el rico avariento; hoy es compartida por el pobre envidioso. El hecho de que una persona no tenga dinero, no es prueba de que no sea codiciosa; puede ser pobre a pesar suyo, con una pasión por las riquezas que sobrepase en exceso a los que las poseen. Existen muy pocos amantes desinteresados de los pobres hoy en día, personas verdaderamente altruistas; muchos de los que se llaman protectores de los pobres odian más al rico de lo que aman a los pobres. Odian a todos los ricos pero solo aman a aquellos pobres que pueden servirles para lograr sus perversos y mezquinos planes. Tal codicia es ruinosa y penosa, principalmente porque endurece el corazón. Nosotros nos llegamos a asemejar a lo que amamos, y si adoramos el oro, seremos como él: frío y duro. Cuanto más adquiere el hombre en la vida, más sufre al ver que tiene que entregar hasta la mínima parte, tal como duele que a uno le arranquen un solo cabello a pesar de tener una abundante cabellera. Cuanto más tiene el codicioso, más cree necesitar. Siempre es pobre a sus propios ojos. El sentido de lo espiritual se convierte así en tan mortecino capital que sus tesoros preciosos se le muestran como banales ganancias.

Lo tenemos todo para vivir en la vida y nada para morir. Al morir nos convertimos en un miserable y desposeído mendigo, porque no nos llevamos nada. Hasta en el ataúd más elegante, distinguido y costoso en un velorio, subyace el cuerpo desnudo inerme y frío de un cadáver. Por lo tanto hay que descubrir antes de que sea demasiado tarde, que el hombre que es codicioso no se pertenece a sí mismo, sino a las cosas, porque la excesiva riqueza es un amo despiadado. Por eso muchas personas cuando sienten la muerte cerca, lamentan dejar sus bienes que tanto trabajo les costó reunir. ¿Será también que por eso para la muerte no hay envidia? Piénselo un poco. Que tenga un buen día.

 

Luis Humberto.

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