Crítica social.

Por: Luis Humberto Muñoz Vazquez

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Panoramas de Reflexión

 

Cuando hablamos del poder o del dinero, que difícilmente están separados, hablamos con un rescoldo, con un escozor o desazón que nos atañe porque es muy nuestro. Es decir, creemos que quien lo detenta y posee no hace bien las cosas como debiera. Esta ideología crítica es muy natural, es un sentimiento que todos tenemos en lo más recóndito y profundo de nuestra mente, de nuestros pensamientos y que guardamos y escondemos prudentemente, ¿para qué negarlo?

El sarcasmo sangriento, la ironía cruel y mordaz de muchos escritores, autores de diversas obras literarias y artículos periodísticos lo usan; yo personalmente lo he utilizado alguna vez. Con ello pretendemos hacer una crítica satírica, acre, a manera de reclamo, de culpa a quien ejerce un poder y no hace las cosas a nuestra conveniencia o como nos gustaría que fueran. En ocasiones el reclamo está bien fundamentado y en otras es adelantado, atrevido y prejuzgado, tal vez arrastrado en la vorágine que impulsa y extiende la imitación social. De cualquier forma criticamos, prejuzgamos, reprochamos, peor aún, tachamos y reprendemos la actitud de quienes ejecutan poder en alguna parte muchas veces sin pensar, sin investigar, sólo basados en resultados que nos parecen nada halagadores. Sin embargo, ¿qué hacemos nosotros mismos para mejorar las cosas?, nada, absolutamente nada. Seguimos cayendo en actos de corrupción cada vez que de nuestra economía se trata, seguimos contaminando por doquier arrojando basura a diestra y siniestra por la calles y en los campos, contaminando con sustancias altamente perjudiciales los mantos freáticos en dizque beneficio de nuestros cultivos en parcelas, arroyos y ríos por igual. Criticamos, culpamos, siempre buscamos culpables, después de todo alguien tiene que tener la culpa, esa es nuestra tendencia. Pero claro que nos excluimos de ella. Somos un pueblo sosegado, quieto, sereno, permisivo, dormido y sobre todo culpable de nuestra propia desgracia y angustias porque no despertamos, no actuamos, no buscamos a toda costa sobresalir, resaltar, trabajar, dar más de sí en pos de nuestra propia mejoría.

Con esa mentalidad generalizada nunca vamos a empujar al resto de la sociedad a hacer bien las cosas. Vemos el progreso, la prosperidad, el bienestar económico, político y social muy alejado de la realidad pero esperamos siempre que los demás hagan las cosas que bien podríamos hacer nosotros. Que nos corresponden más por obligación que por derecho pero ahí seguimos hundidos, sumidos en la apatía, decidía, abandono y pereza que nos obliga la ignorancia y mediocridad. Trabajamos, cumplimos con nuestras obligaciones pero hasta ahí nada más, no participamos, no opinamos ni sugerimos, no buscamos hacernos entender. Es cierto, frecuentemente nuestras peticiones y propuestas tardan en ser escuchadas y puestas en práctica pero no es motivo para permanecer callado. ¿No lo cree usted así amigo lector? Píenselo un poco. Que tenga un buen día.

 

Luis Humberto.

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