El saludo.

Por: Luis Humberto Muñoz Vazquez

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Panoramas de Reflexión

Quizá sea muy insistente o me considere usted terco, muy terco. A la gente tal parece que ni le va ni le viene. A diario mantengo mi puerta abierta para ver pasar a la gente, algunos voltean pero son muy pocos los que saludan, contados diría yo; dos cuando mucho, pero no tres. Hace algunos días platiqué brevemente con una joven mujer que siempre me saluda cortésmente, Mary Zamora. De carácter extraordinario. Me pareció noble, afable, sencilla y humilde; más no, esto último, en el sentido estratificado con el que todos etiquetamos a las personas, sino como virtud, aquella que ya pocos tienen y que consiste en el obrar de acuerdo con el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades que posea. Trabaja en un conocido bufete de abogados. Cuando una de tantas veces me saludó, le hable, platicamos y me dio mucho gusto poder conocerla.

Pues bien, el saludo en cualquiera de sus formas de expresión, denota cortesía, amabilidad y buenos modales, pero su ausencia revela indiferencia, altanería u hostilidad y otras cosas más, hacia las personas, de lo que ahora, insisto, está llena la gente. El saludo tiene un gran valor simbólico porque dependiendo de cómo lo expresemos será entendido como un gesto de cercanía, de proximidad, de cortesía y de buenas costumbres. Suelen emplearse como saludo diversas expresiones que van desde un simple “hola”, “buenos días”, “adiós”, “hasta luego”, y otras maneras más, según sea la situación que lo requiera. De cualquier forma, en muchos casos y salvo raras excepciones, saludar a extraños por las calles debería seguir siendo una buena costumbre, como lo es en las zonas rurales, donde todos saludan a todos, porque es parte de su cultura y tradiciones. Recuerdo que hace ya muchísimo tiempo, cuando estaba joven, por la parada de autobuses del servicio urbano donde aguardaba el camión que me trasladaba a mi trabajo, el primero como flamante profesionista, pasaba caminando por ahí una señora de aspecto campesino que saludaba a cuanta persona se encontraba en ese lugar, y cada vez que pasaba hacía lo mismo. Ahora pienso que a todos los que estábamos allí, sin pensarlo siquiera, nos daba una gran lección de respeto, cortesía, amabilidad y humildad hacía los demás. En cada lugar existen modismos de saludos, y en cada caso hay rasgos a tomar en cuenta para extraer conclusiones y reflexionar. Esto conlleva indefectiblemente a perfeccionar, de acuerdo a un buen sentido común, la conducta particular de cada quien. En la actualidad se lleva un ritmo de vida acelerado, pero esto no debe ser un pretexto para evitar ser respetuoso, amable y cortés.

La vida misma está llena de grandes lecciones. Las formas de saludar son tan diversas como las culturas. Hay saludos afectuosos, ceremoniosos e incluso sorprendentes. Hay saludos de todo tipo. Pero todos estos saludos tienen su propia interpretación y dicen mucho de quien los hace y como los hace, y todos nos dan muchas pistas sobre cómo es la persona que saluda. De cualquier modo, actualmente veo que el saludo superficial, trivial, el que se dirige en la calle a personas no conocidas, se está perdiendo. Volvamos a él, no nos va a hacer menos ni más que nadie, después de todo, aceptemos de una vez por todas que invariablemente todos somos iguales, y dejemos esas cacareadas etiquetas que nos hemos autoimpuesto y aquellas que nos han impuesto los demás miembros de una rimbombante sociedad a la que creemos pertenecer. Somos simples personas ante los demás por favor, dejemos de ser pretenciosos y más condescendientes con los demás. Saludemos por favor, no como militares o escolares a la orden de “¡Saludar… ya!”, sino como simples seres humildes y espirituales que deberíamos ser. ¿No lo cree usted así amigo lector? Píenselo un poco. Que tenga un buen día.

 

Luis Humberto.

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