Darwin, ejemplo para la juventud.

Por: Jorge E. Lara de la Fraga.

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ESPACIO CIUDADANO 

Por: Jorge E. Lara de la Fraga.

“Mientras más conozco, más dudo. La duda crece  con el conocimiento…” J. W. Goethe.

En el marco de la celebración de los 208 años del nacimiento del ameritado científico inglés Charles Darwin y del 158 aniversario del surgimiento de su obra magna: “El origen de las especies”, me permitiré hacer unos comentarios sobre la significativa aportación de ese investigador,  tanto a la humanidad como a la ciencia misma. A Darwin lo catalogan algunos expertos como el científico más importante, debido a que su idea de selección natural consiguió cambiar la concepción que el ser humano tenía de sí mismo y en la actualidad  – expresan los especialistas – la evolución influye en la mayoría de las disciplinas sociales, las disciplinas naturales y la filosofía. Su teoría acerca del origen y evolución de las especies se formuló en el siglo XIX (1859) y ha sido comprobada por observaciones y experimentos que explican la biodiversidad de los organismos, así como su adaptación. Ha sido aceptada como un hecho por la comunidad científica y por buena parte de la sociedad, aunque para algunos sectores no fue considerada como la explicación primaria del proceso evolutivo hasta los años 30 del siglo XX. Actualmente constituye la base de la síntesis evolutiva moderna.

A los jóvenes contemporáneos habría que decirles que Charles Darwin fue un individuo inquieto y decidido como ellos, que a temprana edad se interesó por la investigación del mundo natural y que viajó en un pequeño barco por varias partes del mundo, a los 22 años de edad. Al principio de su existencia le gustaba cazar y se acostumbró a las inclemencias y a los sacrificios físicos en contacto directo con la naturaleza. En su período juvenil fue un tesonero estudioso de su entorno biológico. Laboró sin pausa, observando, recolectando, preparando y enviando a Inglaterra (durante su viaje por el mar) un variado y abultado material científico que sería la base de su obra posterior.

A esos mismos muchachos del presente habría que encauzarlos a que siempre se interroguen, a que piensen de manera autónoma, a que se auxilien en razón de evidencias y hechos, a que transiten por los senderos de la observación y de la experimentación, a que se comporten con escepticismo y con racionalidad. Darwin es un excelente ejemplo del individuo que rompió barreras y se atrevió a poner en entredicho concepciones vetustas y tradicionales de su época. “La teoría de la evolución del ameritado investigador revolucionó el escenario internacional, porque substituyó una visión falsa por una verdadera y se constituyó en un protagonista de la búsqueda incesante de la verdad; con ello realzó la superioridad ética de la verdad objetiva frente a la mentira y el ocultamiento…”

Como algo que viene a fortalecer aún más esa tesis darwiniana les indico que hace poco fue hallado el esqueleto de un homínido que data de hace aproximadamente 4 millones y medio de antigüedad y “arroja luz” sobre una nueva etapa en la evolución del hombre que lo acerca al ancestro común de humanos y monos, al buscado y anhelado “eslabón perdido”. Ese esqueleto fue hallado en Etiopía y su rescate se efectuó pieza por pieza, así como de otros fósiles pertenecientes a la especie denominada Ardipithecus ramidus. Se dice que estos especímenes revelan características biológicas hasta ahora desconocidas, en ese largo trayecto de la evolución del hombre desde sus orígenes.

El insigne Darwin muere en 1882, de eso hace ya 136 años y sigue siendo un personaje polémico; pareciera que sus detractores no quisieran dejarlo descansar. Sigue estando presente en esa disputa permanente entre el pensamiento científico y el dogmatismo. Los partidarios del “diseño inteligente” todavía, en este inicio del tercer milenio, se oponen al tratamiento programático de la evolución en las instituciones educativas.

 

Atentamente

 

Profr. Jorge E. Lara de la Fraga.

 

 

 

 

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